19 de abril de 2014 / 12:33 a.m.

Corría la segunda parte del partido de vuelta de cuartos de final de la Liga de Campeones hace 10 días en el estadio Vicente Calderón y el Atlético de Madrid, apoyado por 54.000 enfervorecidas gargantas, le ganaba 1-0 al Barcelona, que luchaba por presentarse a las semifinales por séptimo año consecutivo.

El Atlético había salido en tromba al partido, cobrando ventaja con un tempranero gol de Jorge Resurreción "Koke" al que siguió un ejercicio mezcla de emoción, talento, fe y entrega sin límites. Lo que ha venido a llamarse "Cholismo", en honor al hombre que hoy lleva las riendas del plantel colchonero: el argentino Diego Simeone.

En plena lucha por agarrarse a la primera semifinal europea desde 1974, con el Barsa tocando a rebato, el local Tiago, otro de esos futbolistas en su día desechados por los poderosos, perdió un balón en el mediocampo que provocó un conato de runrún en la grada. El tibio murmullo ni siquiera llegó a reproche porque el "Cholo", vestido de riguroso traje negro del que emanaba un pequeño crucifijo, se revolvió de inmediato y arengó a los suyos, cortando de raíz cualquier atisbo de energía negativa.

El mensaje quedó claro: todos a una. Tal es el "modus vivendi" de Simeone, para quien cada partido es una final.

Y la consigna cala en la caseta, la grada y sobre la cancha, donde apenas cuatro días más tarde, Diego Costa, reaparecido tras 12 días lesionado, persiguió con tesón un balón en Getafe hasta acabar impactando de forma aparatosa con el poste.

La pelota cayó dentro. Era el 2-0 y la tranquilidad para el Atlético, que el viernes sumó ante el Elche y por idéntico resultado su 27to triunfo en las 34 fechas disputadas. Los rojiblancos lideran ahora el campeonato con mano firme y 85 unidades, seis de ventaja sobre el Real Madrid y siete respecto al Barsa, ambos con un partido menos.

Los tres puntos cosechados en Getafe acarrearon también unos cuantos de sutura en la ensangrentada tibia derecha de Costa, protagonista de una de las imágenes más escalofriantes del año futbolístico, retirado en camilla entre sollozos aunque felizmente sin mayores consecuencias, disponible para retomar el asalto al campeonato.

La obstinada carrera de Costa, inquebrantable en su fe por empujar el balón, sin reparar en obstáculos interpuestos en el camino, vino a retratar el creciente empuje del equipo de Simeone en su doble objetivo de ganar el campeonato tras 18 años de sequía y levantar también su primera Champions.

Dicho de otro modo, el Atlético que el año pasado ya sorprendió al Madrid ganándole la final de la Copa del Rey en su propio estadio, aspira dar un golpe de timón a su ajetreada historia e instalarse definitivamente entre los grandes.

Ya se situó con todo merecimiento entre los cuatro mejores de Europa tras eliminar al Barsa, cuando el "Cholo" dibujó una pista americana que los azulgranas nunca lograron superar, cayendo por 1-0.

Siguiendo la tónica de su mágica temporada, el Atlético se sobrepuso a la adversidad de jugar sin Costa, lesionado en la ida, y el creativo Arda Turan, igualmente renqueante, y se agarró al empuje de una afición que, como el plantel, comulga a las mil maravillas con un entrenador que siente y conoce íntimamente las pulsaciones de un club empeñado en deshacerse de una vez por todas de la etiqueta de "pupas".

Simeone, hoy venerado por la grada, vivió una de las muchas épocas negras de la entidad madrileña cuando fichó en 1994 como jugador proveniente del Sevilla, donde coincidió con su idolatrado Diego Armando Maradona. Entró en un club que funcionaba a bandazos y, solo en su primera temporada, se cobró la cabeza de cuatro entrenadores, entre ellos su compatriota Alfio Basile. Otorgada la batuta a Radomir Antic, el serbio dio vuelta al plantel y, a la siguiente campaña, la del histórico doblete, el Atlético ganó por última vez la liga y también se coronó campeón de Copa.

Aquella rebelión, con el argentino marcando la raya sobre la cancha, ofrece ciertas similitudes con el actual resurgimiento que lidera el "Cholo" desde la banca, por mucho que Antic se resista hoy a las comparaciones.

"Soy hombre de fútbol y no me gustan", esgrime desde su actual residencia en Madrid, aunque resulte inevitable trazar el lazo imaginario uniendo presente y pasado. "Nosotros teníamos más posesión de la pelota y fuimos pioneros en muchas cosas. Defendíamos lejos de nuestra portería y usábamos mucha estrategia en las dos áreas: marcamos más del 60 por ciento de nuestros goles a balón parado y no recuerdo haber encajado ninguno", alardea el ex preparador, quien celebra el actual éxito colchonero.

"Sus triunfos, por las limitaciones económicas, valen más que los de los demás. La comunión con la afición es clave, porque acepta la propuesta futbolística y, cuando los balones van al palo, sigue apoyando. El Atlético está el mejor físicamente que Barsa o Madrid. En Getafe no ganó por dominio, sino por presión y trabajo. Los jugadores van con la autoestima a tope y el equipo no tiene límites", proclama.

Antic y Simeone no acabaron precisamente amigos, pero salta a la vista que los 12 tantos registrados por el argentino bajo la tutela del serbio figuran como la cifra más alta en su carrera. Y aunque este no lo enumere entre quienes marcaron su desarrollo como entrenador, muchos conceptos de aquel equipo como la estrategia y la solidaridad defensiva se ven plasmados en el actual Atlético.

En una reciente entrevista con la revista Jot Down, Simeone citó al recientemente fallecido Luis Aragonés, Marcelo Bielsa o el propio Basile como sus principales influencias y no es difícil apercibir en su discurso virtudes como el carisma del primero, la meticulosidad del segundo o la fuerte personalidad del tercero.

En el actual líder de la liga, la entrega no se negocia y todo se trabaja: el físico, la pizarra, el mensaje a la prensa, la presión al árbitro, el calor de la grada, la temporización de los recogepelotas. En su estrecha vigilancia e infinita influencia en todos los aspectos concernientes al club, la figura de Simeone acarrea un peso parecido al exhibido por Pep Guardiola a su paso por el mejor Barsa de la historia y parece gozar de mayor bula de la que tuvo el histriónico José Mourinho en su etapa en el Madrid.

Emigrados ambos a otras ligas, el argentino comanda la española con la seguridad propia de un líder que se atreve incluso a expresar la lógica futbolística más aplastante, digna de la antología de Johan Cruyff, gurú de tantos.

"Las guerras no las ganan los mejores, sino los que las combaten mejor estratégicamente", espetó tras la victoria sobre el Barsa, simplificando al máximo una estrategia que, de tan obvia, resultó brillante: "Planteamos un escenario en cada área. El mediocampo lo dejamos para ellos".

El éxito, claro, sigue dependiendo de que la caprichosa pelota entre; y en ese marco ni Simeone ni sus chicos se han alejado del tedioso discurso de "ir partido a partido". Aparentemente arrinconado a cinco fechas del final, limite que impuso el argentino para enterrar el dichoso mantra, el "Cholo" apenas evolucionó tras vencer al Getafe. "Ahora vamos final a final", declaró, pícaro, antes de solventar la primera el viernes.

"Poco a poco estamos dando vuelta a la imagen fatalista que tenía este club, cambiando la historia con nuestro compromiso. Nos hemos convertido en un equipo ganador", asegura el capitán Gabi Hernández, quien no duda en etiquetar al Atlético como "el equipo del trabajador, grande pero humilde".

Partido a partido, final a final, el Atlético se acerca a la consecución de la liga y, como aquel Porto que ganó la Champions de 2004 de la mano de Mourinho, amenaza también con levantar "la Orejuda" yendo de tapado, disfrazado de "pupas". Con el trabajo, la humildad y la solidaridad por bandera. Sería otro doblete histórico, difícilmente concebible hace dos años y medio, cuando Simeone tomó, como hiciera Antic dos décadas atrás, las riendas de un club a la deriva.

"Nuestra clave era el compromiso colectivo. Cada futbolista tenía su importancia. Ellos creían porque las decisiones eran consensuadas y sabían por qué se hacían las cosas. Los buenos jugadores no siempre hacen buenos equipos, pero el buen ambiente sí. Había una gran convivencia. No habían dudas", recuerda Antic de aquel doble campeón, evocador de imágenes de gloría, sangre, sudor y lágrimas.

Imágenes imborrables, como la de Costa en Getafe.

AP