29 de marzo de 2013 / 01:11 a.m.

Monterrey.- • El Viernes Santo obliga al Ayuno. Pero no es sólo dejar de comer, aclara el Padre Gerardo Charles, párroco de la Iglesia de San Judas Tadeo. Más bien, el ayuno es un símbolo de dominio sobre el cuerpo y sus deseos e impulsos, que ayuda a llegar a Jesús.

“Eso va a ser que yo mando sobre mí, yo soy dueño de mis deseos, de mis impulsos, entonces me estoy encontrando con Jesús, que renuncia a todo para darnos la vida”, dice el presbítero.

La Iglesia Católica marca dos días de ayuno: El Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, donde también hay abstinencia de carne.

La abstinencia obliga a partir de los catorce años y el ayuno de los dieciocho hasta los cincuenta y nueve años de edad.

En el dogma católico, con estos sacrificios, se trata de que todo nuestro ser (espíritu, alma y cuerpo) participe en un acto donde reconozca la necesidad de hacer obras con las que reparemos el daño ocasionado con nuestros pecados y para el bien de la Iglesia.

El ayuno y la abstinencia se pueden cambiar por otro sacrificio, dependiendo de lo que dicten las Conferencias Episcopales de cada país, pues ellas son las que tienen autoridad para determinar las diversas formas de penitencia cristiana.

El ayuno no tiene que ser total, dice el Padre Charles, pues puede consistir en comer la mitad de lo que regularmente comemos.

“No se trata de no comer o simplemente tomarse un café y un pan. Se puede hacer ayuno comiendo la mitad de lo que acostumbra, por ejemplo, si se come tres huevos con jamón, comer la mitad”.

Lo importante, es que esa disciplina nos ayude a entender que sólo controlando nuestros impulsos, podemos aprender a darnos a los demás, como Cristo lo hizo.

“Dios sale de sí mismo, nos da a Cristo, Cristo sale de sí mismo, y nos da su Yo, nosotros también debemos salir de nosotros, para darnos a los demás, y el ayuno es una manera como nosotros decimos que mandamos en nosotros”.

FRANCISCO ZÚÑIGA