16 de agosto de 2014 / 06:41 p.m.

En el ámbito del fútbol, cuatro ligas conquistadas en los últimos seis años deberían otorgar suficiente crédito a cualquier institución y lo mismo supondrían más de 300 goles anotados en ese tramo para cualquier futbolista.

Pero ni el Barcelona es cualquier institución ni el argentino Lionel Messi un jugador cotidiano.

"Más que un club" proclama el eslogan de la entidad azulgrana, hipocondriaca empedernida, por admirada que resulte a nivel planetario.

Y pese a su grandeza y logros recientes, tanto el Barsa como Messi tienen razones para andar preocupados.

El año pasado resultó nefasto a todos los niveles, empezando por el fallecimiento del timonel Tito Vilanova tras una cruel enfermedad, siguiendo por los problemas en los despachos que acabaron con la dimisión del anterior presidente, Sandro Rosell, y concluyendo con el fracaso futbolístico que resultó en el adiós del técnico argentino Gerardo Martino, sin otro título que celebrar que no fuera la Supercopa española.

El insuficiente botín tras una época de gran bonanza bajo la dirección de Pep Guardiola acarrea urgencias para todos los implicados: desde veteranos ilustres como Xavi Hernández a recién llegados como el uruguayo Luis Suárez, el croata Ivan Rakitic o el chileno Claudio Bravo.

Y Messi, claro.

El rosarino regresa al ojo del huracán o el centro del universo futbolístico, según se considere. El cruce de miradas entre "La Pulga" y la afición se ha tensado con el tiempo, especialmente tras una campaña en que Messi no consiguió rendir regularmente a nivel divino, estándar al que se había malacostumbrado la hinchada.

Unidas a infinidad de contratiempos legales del astro saltaron también abundantes críticas a su falta de forma física, considerada la principal razón de las lesiones que lastraron su rendimiento en el campeonato. La escasa sintonía, acentuada por las sospechas de reserva para cuajar un buen Mundial con Argentina, vivió su momento álgido al final de campaña, cuando Messi no evitó lanzar una advertencia antes de enfilar viaje a Brasil 2014: "Si no me quieren, me voy", amenazó.

La buena noticia para ambos es que llegaron refuerzos en forma de Suárez, considerado uno de los mejores arietes del planeta. La mala es que no podrá debutar hasta fines de octubre, una vez venza la sanción impuesta por la FIFA por morder un jugador durante la Copa del Mundo.

Por si acaso, y pendiente de su propio castigo en el mercado de transferencias, el club ha optado por robustecer cada línea del equipo. Así, tras la marcha del arquero Víctor Valdés, el alemán Mar-André ter Stegen y Bravo se disputarán un puesto en el arco. Jeremy Mathieu, ex del Valencia, y el belga Thomas Vermaelen deben mejorar la zaga, y Rakitic y Rafinha, llegados del Sevilla y Celta de Vigo, competirán en la media.

La batuta del nuevo entrenador, Luis Enrique, quien vistió en su día de azulgrana, se antoja clave en el difícil tránsito hacia la recuperación. Pese a besar la lona la temporada anterior, el Barsa sigue siendo un peso pesado y el aliento desde la esquina debe servir de primer paso para meterse de nuevo en la pelea.

La principal duda es si el carácter enérgico de Luis Enrique, salido por la puerta de atrás de la Roma antes de triunfar en el Celta, mezclará bien con los astros de la caseta azulgrana; y en concreto el taciturno Messi, dueño de la pelota en el Camp Nou.

Por ahora, el técnico no ha dudado en señalar el camino al prometedor Gerard Deulofeu, cuyo desbordante talento apenas le ha servido para recalar cedido en el Sevilla. La implicación en los entrenamientos dictaminará las oportunidades en los partidos, vino a decir Luis Enrique tanto al joven canterano como a Xavi, al que convenció para seguir un año más.

El organizador del mejor Barsa de la historia enfrenta el ocaso de su brillante carrera con la responsabilidad de capear las urgencias y encarar la transición a otra época dorada. Le acompañarán Andrés Iniesta y Messi, pero no Valdés ni Carles Puyol, estandartes del ciclo anterior.

Para el nuevo, los azulgranas esperan contar también con una versión mejorada de Neymar, cuyo Mundial terminó prematuramente por una fractura de vértebra y recién empezó a entrenar. El brasileño debe aportar más que en su primer año, cuando pareció distraído y apenas totalizó nueve dianas ligueras.

Como bien apercibió Martino, la paciencia nunca fue virtud del Barsa, que no sufría una campaña sin títulos mayores desde 2007-08.

AP