19 de mayo de 2014 / 05:15 p.m.

"La alegría musical es el mayor sentimiento expresado por los brasileños cada cuatro años en los encuentros mundialistas de futbol, reconocido internacionalmente por propios y extraños, llenando de admiración a amigos, enemigos, adversarios y simpatizantes".

Esto lo dice eufórico Daniel Moreira Gusmao, comandante en jefe del grupo "Mancha Verde" que, sin patrocinio alguno, siempre sigue al equipo nacional desde 1958, cuando obtuvo en Suecia su primer cetro mundial.

Esa emoción se contagia –agrega el líder "torcedor"- a quienes contemplan y escuchan contentos el ritmo acompasado de los bombos, las "cuicas", los panderos y el instrumental que acompaña a los fieles fanáticos de la "seleçao" por todas las latitudes futbolísticas del planeta.

Y si, como desde tiempos inmemoriales, México ha tenido su "Siquitubum-a-la-bim-bom-ba" y hasta una frondosa "Chiquitubum" -la cantante Mar Castro en la Copa del Mundo de 1986-, en Brasil también hay quienes muestran su amor por una representación que nunca ha faltado a un torneo mundial desde 1930.

Sus coros hacen vibrar el alma de la hinchada, provocando sensaciones inexplicables -en las calles y luego en las tribunas-, convertidos en gritos de aliento a los equipos, y especialmente a la selección, por la cual vive y muere la masa anónima.

En las letras de esos cánticos hay frustraciones, furia y alegría, recuerdos de victorias recientes y pasadas, de las grandes conquistas, elogios e insultos a futbolistas que, señaladamente, se tatuaron en la piel los colores verde, amarillo y azul del "scratch" brasileño.

Los cantos de los estadios constituyen la energía sagrada que sirve para venerar, denostar e invocar a las deidades ocultas durante el curso interminable del "Brasileirao" Nacional/Serie A, los torneos locales o las Copas del Mundo, de las cuales Brasil ha ganado cinco en su historia.

Los cantos e himnos datan de la época en que se fundaron los primeros clubes organizados, cuando los socios celebraban así las victorias o para aplacar las derrotas; pero sin que, necesariamente, las alabanzas respondieran a las expectativas de la "torcida" vociferante.

La primera letra para el Fluminense fue compuesta por el escritor y poeta Joao Coelho Neto, padre de Joao "Preguinho" Coelho, goleador brasileño en Uruguay 1930, ídolo sin par del equipo verde y guinda de los cariocas ricos, los vecinos elegantes de Laranjeiras.

"O Fluminense é um crisol / onde apuramos a energía / Ao pleno ar / Ao clao sol". ("El Fluminense es un crisol / donde bebemos la energía / A pleno aire / A claro sol"), decía la letra del maestro Coelho Neto, demasiado cursi para la fanaticada bravía, añadido un rebuscamiento que solo propició burlas y parodias de los adversarios.

Se requería de letras más populares, como es el caso de otros clubes de Río de Janeiro, cuya extracción era el barrio pobre, si solamente se mencionara al Bonsucesso, Olaría, Sao Cristovao, Bangú y América, representativos de las capas obreras del suburbio miserable.

Su origen eran las "favelas" y los morros, cerros rocosos de donde salían composiciones escritas -en su mayoría en la década de 1930- por Lamartine Babo, conductor del programa radiofónico "El tren de la alegría", con una altísima audiencia en aquella época irrepetible.

No obstante haber sido fundado por jóvenes de la clase media, el Flamengo pronto adquirió identidad propia, con pertenencia al pueblo llano, "o povao" descalzo y descamisado: "Nos Fla-Flus / É o ai-Jesús". ("En los Fla-Flus / Ahí está Jesús"), rezaba una plegaria de los rojinegros del barrio de la Gávea.

Sin embargo, la tribuna no solamente es sinónimo de fiesta cuando la "verdeamarela" o los grandes equipos de Brasil juegan en canchas propias o en el extranjero, sino que, como en la década de 1970, también se transformaron en escenarios propicios para dar paso a reivindicaciones políticas con fondo musical.

La "torcida" del Corinthians, el "Timao" -propietario del estadio de Itaquera donde será inaugurada la vigésima justa del orbe, escuadrón favorito del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, impulsor, responsable y artífice, en 2007, de que Brasil fuese la sede mundialista- tiene su propia historia.

Con prestancia y valor, fue la primera en llevar mantas a los partidos: exigió la amnistía para los presos políticos, el retorno de los exiliados y elecciones directas, iniciativas tomadas nada menos que por Sócrates Sampaio, quien luego se desempeñaría con excelencia en el Fiorentina italiano.

Con su arte futbolístico, el amado "doutor" Sócrates –con "Zico", Júnior, Éder y Paulo Roberto Falcao- hizo de la selección nacional el campeón sin corona en la Copa del Mundo de España 1982, acompañada por una numerosísima charanga de brasileños que llevaron su fiesta colorida a Sevilla y Barcelona.

El grupo "Democracia Corinthiana", además de composiciones musicales cantadas a coro, creó versos y expresiones líricas, llevadas por el mundo gracias a Lupicínio y Genaro Rodrígues, Antonio Sergi, Arrigo Buzzachi y Tolentino Miraglia.

El arbitrio autoritario iniciado en 1964 por el gobierno militar, no inhibió a músicos, poetas, "torcidas" organizadas y pueblo en general al apoyar a los futbolistas cuando, 20 años después, éstos se colocaron en la frente cintas que decían: "Perder o ganar, siempre con democracia".

"Salve, salve / O campeao dos campeoes / Eternamente / Dentro dos nossos coraçoes", es el himno que, en 11 palabras, llevan por el mundo hombres y mujeres que quieren ver bordada, por sexta vez, la estrella de monarcas en la camisa "verdeamarela" de Brasil.

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