13 de julio de 2014 / 06:21 p.m.

La cuesta abajo de la selección brasileña de Luiz Felipe Scolari ha acabado hasta con un estadio que hasta entonces se consideraba talismán para la Canarinha; el Mané Garrincha de Brasilia.

Brasil vio el sábado no sólo cómo se le escapaba de entre los dedos la posibilidad de acabar tercero en su Mundial, sino también la ocasión de darle una última pequeña alegría a sus seguidores.

El partido de ante Holanda era el cuarto que jugaba la selección de Brasil en el estadio Nacional de Brasilia.

Un encuentro con algo más que una simple medalla de bronce en juego. Un choque en el que, según el capitán de la selección brasileña, Thiago Silva, la Canarinha se jugaba "el honor y la dignidad".

El escenario, el nuevo Mané Garrincha, no podía resultar más esperanzador. Una estructura construida precisamente para el Mundial de Brasil, sobre los cimientos del viejo estadio.

Desde la inauguración del nuevo estadio, el 18 de mayo de 2013, tres veces había jugado ya allí la selección de Brasil y siempre logró alzarse con la victoria.

La primera vez fue contra Japón (3-0) en el partido inaugural de la Copa Confederaciones, el 15 de junio del año pasado.

La segunda, fue un partido amistoso jugado tres meses despues, en el que los brasileños le endosaron una notable derrota, por 6-0, a la selección de Australia.

Y, por último, ya en el Mundial, en la fase de grupos ante Camerún (1-4), hace apenas tres semanas.

De hecho, el propio seleccionador de la Canarinha, Luiz Felipe Scolari, con una sonrisa en los labios, destacaba el pasado viernes, en una rueda prensa que tuvo lugar en el estadio, que su equipo "conoce bien" el Mané Garrincha.

Más allá del recuerdo de tan buenos resultados, los jugadores podían estar seguros de contar con el tremendo apoyo que, hasta ayer, su equipo siempre había recibido de los "torcedores" brasilienses.

Después del de Maracaná, el Mané Garrincha es el estadio con mayor capacidad en el país, con un aforo de 69.432 localidades. Y tanto contra Japón, como contra Camerún sus gradas habían estado a rebosar.

Cierto que el sueño era disputar la final en el mítico estadio de Río de Janeiro, pero tal y como se ha desarrollado el torneo, la Canarinha no ha pisado siquiera su césped durante este último mes.

Por lo tanto, es en Brasilia donde la selección brasileña, que ha acabado jugando dos encuentros en esta ciudad, los mismos que en Fortaleza y Belo Horizonte, ha podido recibir el apoyo de un mayor número de seguidores brasileños.

Sin embargo, todo ese cariño y ese calor no fueron ayer suficientes para que la Canarinha terminase su participación en el que ha sido su Mundial con un buen sabor de boca.

La dolorosa derrota, por 0-3, sufrida ayer en Brasilia dejó a la Canarinha sin medalla de bronce, con el orgullo y la dignidad heridos y sin un estadio que, hasta ayer, había sido todo un amuleto para los brasileños.

AGENCIAS