10 de marzo de 2013 / 04:07 a.m.

México • Bruce Chatwin (1940-1989) murió antes que su historia terminara de escribirse; incluso, uno de sus amigos más cercanos, Salman Rushdie, lo dijo de manera contundente: “Bruce apenas había empezado… tan solo vimos el primer acto”.

Dueño de una existencia harto compleja, se convirtió en uno de los viajeros y novelistas británicos más misteriosos y enigmáticos, lo mismo por sus decisiones —o indecisiones— que por una obra en la que no entraban los géneros; si acaso, se dejaba guiar por una pluma compulsiva y apasionada.

Los enigmas que lo acompañaron son tales que poco se sabe de la verdad de lo que se cuenta sobre su vida: trabajó como mozo de almacén en la casa de subastas Sotheby’s, y a los 22 años su vida cambió cuando descubrió que un Picasso expuesto en la galería era en realidad una falsificación, al grado de que llegó a ser director del Departamento de Impresionismo.

No duró ni una década en el puesto, tras lo cual comenzó todo un periplo que lo llevó por diversas partes del mundo: tras estudiar un par de años arqueología, viajó a Afganistán, Argentina, Turquía, Sudáfrica, Grecia, China, India…

"Casi siempre viajaba solo. Dos personas se defienden la una a la otra, pero una sola resulta más fácil de abordar", escribe Elizabeth Chatwin, su viuda, en el prefacio de Bajo el sol. Las cartas de Bruce Chatwin (Sexto Piso, 2013), donde se cuenta una parte de su vida a través de la correspondencia que sostuvo con personajes de su entorno, pero también con autores como Susan Sontag, Roberto Calasso, Paul Theroux, James Ivory.

En su libro de viajes En la Patagonia, Chatwin describía la vida de los descendientes de los colonos galeses que se establecieron en Argentina durante el siglo XIX. Sus viajes por Dahomey y Brasil dieron lugar a una novela sobre el primitivo comercio de esclavos, El virrey de Ouidah, mientras que en La colina negra buscó reflejar la vida en una granja galesa, si bien para la crítica el título más importante de Chatwin es Los trazos de la canción, una meditación sobre el nomadismo y los aborígenes australianos, mezcla de filosofía, fábula, libro de viajes y novela que escapa a toda definición.

20 AÑOS DE TRABAJO

La vida personal del escritor mostraba una personalidad compleja y contrastante: un personaje inseguro en temas como su sexualidad, pero con una mente infatigable que hacía distintos movimientos de compra-venta de piezas de arte para obtener recursos para su siguiente excéntrico viaje.

En el texto introductorio de Bajo el sol, su biógrafo, Nicholas Shakespeare, recupera palabras de Hans Magnus Enzensberger: “Como contador de historias, había conseguido sobrepasar los límites convencionales de la narrativa, y, en sus crónicas, incluyó elementos del reportaje, de la autobiografía, de la etnología, de la tradición ensayística de la Europa continental y también chismorreos”.

Dos décadas invirtieron el biógrafo y la viuda en la reunión y selección de la correspondencia publicada en el libro, reflejo de un hombre al que le gustaba escribir cartas; incluso se cuenta con las misivas que el escritor mandaba a su madre todas las semanas.

Vinieron sus años de historiador del arte y arqueólogo, de viajero en busca de las entrañas de los sitios a los que acudía. Son textos en los que refleja sus planes y temores; sus descubrimientos y reflexiones… hasta sus “metidas de pata”: “¡Bueno, bueno! El drama de S(alman) R(ushdie). Dales recuerdos si los ves. Creo que metí la pata, porque cuando estuvo en Londres con su mujer, le di la enhorabuena, cuando en realidad estaba a punto de irse a Australia”, dice en una carta a Murray Bail, en 1985, cuando el autor de Los versos satánicos había abandonado a su primera mujer.

Hay vidas que se leen mejor a partir de lo que se cuenta a otros: Chatwin contó en su correspondencia parte de sus viajes, de sus pensamientos y de su propia vida, por lo cual el volumen se convierte en una autobiografía de uno de los novelistas británicos más reconocidos del último siglo.

JESÚS ALEJO SANTIAGO