— JORGE OCHOTERENA BERGSTROM
3 de septiembre de 2013 / 03:18 p.m.

México • Año 2010. Programa de radio de la BBC titulado A History of the World in 100 Objects. Habla una voz masculina, culta, con levísimo acento escocés: “Al Emperador se acerca una mujer bella y seductora del harén. El revoloteo de su ropaje adornado con cintas rojas acentúa la coquetería de su paso. Pero conforme aguzamos más la vista, observamos cómo comienza a vacilar al ser detenida por la brusca mano imperial levantada en gesto de rechazo. Torciendo el cuerpo, se bate en retirada, con la mueca atónita de su vanidad contrariada”.

Pertenece la voz al director del British Museum; la escena, a una pintura china ejecutada en seda con finas pinceladas del siglo VI. Contar la historia del mundo mediante la indagación de cien objetos es novedad; contarla por radio, hazaña. Silenciada la vista, se apela a la imaginación como forma más intensa de compenetración. Por la metonimia icónica de una sala reverberante, nos sabemos en presencia de algo numinoso, algo importante.

 

El programa se desdobla en libro y en sitio electrónico donde, además de los cien archivos de audio, se nos brinda gran abundancia de imágenes que, lejos de ser representaciones, son dispositivos de exploración activa, herramientas de resolución altísima, ampliables a voluntad.

 

Por medio de la écfrasis se da voz a los objetos. Por medio de los objetos hablan los pueblos, antes mudos al carecer de textos. Frente a la bitácora del invasor, el escudo abandonado.

 

El autor de la serie y director del museo se llama Neil MacGregor, con “m” de mitigación. Como custodio del botín imperial, se niega tajante a la devolución de los mármoles griegos, apelando al argumento (cierto) de la gestión superior y al otro (falso) del “acceso universal”. Quienes suman su voz al relato son casi siempre connacionales de los objetos aquí recreados.

 

Aquella pintura china que durante siglos quedó oculta en la suntuosa privanza del palacio, y que hoy se vuelve a ocultar en la sombría sala de conservación, se ha puesto, no obstante, a disposición de los usuarios de libros y de medios digitales.

 

En este penique de 1903 vemos perfilada la barbuda calvicie de “Eduardo VII, Rey de toda Britania, Defensor de la Fe, Emperador de la India”, y estampada en ella: “El voto para la mujer”. Las sufragistas rompen cristales, ayer delincuentes, hoy adalides de la democracia, y es este relato mucho más que una oferta de “cultura en un clic” para estos días de colapso (cuando menos vial).