23 de febrero de 2013 / 08:02 p.m.

México • Hace 35 años emergió de la profundidad de la tierra el monolito de la diosa mexica Coyolxauhqui, “un hallazgo que marcó un parteaguas en el estudio de la arqueología y cambió la fisonomía de la Ciudad de México”, asegura Raúl Arana, el primer arqueólogo en reportar el descubrimiento monumental.

Fue un hallazgo fortuito realizado el 21 de febrero por Orlando Gutiérrez, un ingeniero de la Compañía de Luz, quien dirigía una excavación en la esquina de Guatemala y Argentina para colocar un transformador. Acudió a unas oficinas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) para reportar el hecho, pero nadie le hizo caso; no obstante, insistió en su cometido y llegó a las oficinas de Salvamento Arqueológico dos días después, donde logró contactar al arqueólogo Arana, a quien le platicó lo ocurrido.

“Como la compañía solo tenía permiso de la Delegación para excavar al final del día, llegué al lugar a las 10 de la noche, acompañado del dibujante Rafael Domínguez”, dice Arana. La escultura, ubicada a dos metros de profundidad, lo dejó sin habla.

El arqueólogo recuerda que al ver la dimensión de la escultura empezó a recrear en su mente a esa gran ciudad prehispánica que estaba conformada por varios templos; entonces, “de repente me toca el hombro el ingeniero y me dice: ‘Eso ha de ser muy importante porque lleva más de 15 minutos observando y sin expresar ni una sola palabra’”.

La magnitud del hallazgo, relata Arana a MILENIO, lo llevó a informar a medianoche al entonces director del INAH, Gastón García Cantú, quien a su vez lo reportó a la Presidencia de la República, no sin antes ordenar su recuperación al equipo de Salvamento Arqueológico.

Una vez reportado el hallazgo, el director del INAH ordenó que se hicieran las investigaciones correspondientes para poder dar una respuesta al presidente José López Portillo, quien al enterarse de la noticia, deseaba acudir a ese lugar.

“Teníamos el tiempo encima y un grave problema, pues el monolito solo había sido liberado en un 50 por ciento, por lo que nosotros teníamos que quitarle de encima más de dos metros de tierra y de concreto que durante 500 años la habían tenido sepultada. Trabajamos de las cinco de la tarde del 27 de febrero hasta las 4:30 de la madrugada del día siguiente. Al ver su dimensión y descubrir que aún conservaba algunos pigmentos, empezamos a cantar ‘Las mañanitas’”.

El presidente José López Portillo acudió al sitio cinco días después del reporte de Arana. Rompió el protocolo y bajó hasta el monumento en medio del lodo; tocó la escultura y la observó detalladamente. Estaba frente al relieve que representaba a la diosa lunar de los mexicas, decapitada y mutilada de brazos y piernas tras el combate que sostuvo con su hermano Huitzilopochtli, dios del Sol y de la Guerra.

Al enterarse, de viva voz de Arana, de que la pieza era apenas la punta del iceberg —según se aprecia en un video inédito tomado por su esposa, la arqueóloga Carmen Chacón, y del cual MILENIO tiene copia—, el jefe del Ejecutivo ordenó de inmediato que se iniciara la excavación para descubrir la pirámide del Templo Mayor, dedicado a Huitzilopochtli, recinto sagrado que, junto con toda la ciudad azteca, fue destruido y sepultado por los conquistadores para construir la urbe colonial.

“Una vez que intenté aclarar todas sus dudas a los pies de la Coyolxauhqui, el presidente José López Portillo le dijo al entonces regente de la Ciudad de México: ‘Era lo que esperábamos para hacer el Centro Histórico’. Nos felicitó y nos agradeció”.

A raíz del descubrimiento, el mandatario ordenó la liberación del máximo centro ceremonial mexica —que en su esplendor alcanzó unos 60 metros de altura—. Llevó ocho años liberar la zona, tras derribar diversos inmuebles, luego de la expropiación de tres mil 500 metros cuadrados de terrenos.

Fue casi una década después cuando fue inaugurado el Museo del Templo Mayor.

LETICIA SÁNCHEZ MEDEL