JORGE OCHOTERENA BERGSTROM
16 de julio de 2013 / 02:06 p.m.

México • En Surfaces and Essences (2013) demuestran Sander y Hofstadter que las analogías constituyen el fuego y el combustible del pensamiento. Es la analogía el origen de las categorías, así como el medio no percibido que nos permite pasar, como peces en el agua, de un punto a otro en el vasto océano de las ideas. De ahí que nos agrade descubrir al interior del signo fílmico homologías entre significante y significado; entre el signo propio y su soporte material.

Cuando afirma Smithson que “una película es una espiral hecha de fotogramas” y se hace filmar desde un helicóptero (espiral alada) en el acto de correr hacia el centro de su laberinto donde el tiempo real se da contra el fin del espacio, establece analogías entre imagen y filmación. Más puntual resulta la equivalencia, en Nueve tipos de terreno de Damián Ortega, entre la caída en cadena de los ladrillos y el paso de los fotogramas frente al haz lumínico del proyector. Isotopía estricta es, a su vez, la que se ingenia Carlos Amorales en su Tipo bailón, animación donde el alfabeto de una lengua imaginaria desempeña a un mismo tiempo funciones de guión y de acción animada. Pero máximo ya es el rigor alcanzado por Daniel Steegmann en esta película titulada, con escueto materialismo estructural, 16 mm.

Consiste en un solo desplazamiento de la cámara hacia el interior de un bosque pluvial. Movimiento de gran pureza en el que la distancia recorrida es igual a la longitud de la cinta (60 metros), en tanto que la cinta rueda a la misma velocidad con la que avanza la cámara por el dispositivo de rodaje. Tal perfección simétrica se consigue mediante un motor único que impulsa simultáneamente la película en el carrete y la cámara sobre el cable tendido.

Viene a la mente el refinado tropo empleado por Boris Groys en Bajo sospecha. “El archivo es una máquina para la producción de recuerdos, una máquina que fabrica la historia con los materiales de la realidad aún no recogida”. Acuden en tropel las analogías. Cual carro de Krishna, avanza esta cámara por la selva como por el tiempo los archivos. Bajo las ruedas se arrojan los datos de la realidad. Entran unos instantes en la luz de la economía cultural, para luego volver al intenso siseo invisible. Tras la superficie del archivo huyen oscuras jerarquías de portadores sígnicos. Steegmann logra detener a dos o tres de ellos en este claro.