1 de enero de 2013 / 07:16 p.m.

“La momificación salvadora del centro —ha observado Serge Gruzinski— va por buen camino” entre la ciudad barroca desguazada y la disneylandización.

 

Ciudad de México • Tras ocho meses de pasarnos mohínos al lado de una Alameda clausurada murmurando aquello de “jardín eres cercado, esposa mía, eres fuente sellada”, por fin se nos restituye, ¡pero cuán transformada! Vuelve el despotismo ilustrado a expulsar del vergel a la runfla india, somética, indigente, apestada, para que así, de nueva cuenta, se apoderen del terreno los empresarios, los especuladores, la “gente bien”, las familias decentes. “La momificación salvadora del centro —ha observado Serge Gruzinski— va por buen camino” entre la ciudad barroca desguazada y la disneylandización.

Pero algo se salva... Desde finales del siglo XVI, la aplicación de la ciencia al arte ha permitido la creación de una arquitectura acuática capaz de suplantar a la escultura como medio de expresión. Globos de cristal, átomos rutilantes, rayos de sol, flores radiantes y selvas de chorros verticales son en Versalles espejo fiel del absolutismo monárquico. En nuestra Alameda vemos hoy algunos pálidos reflejos de aquel esplendor. Y es que aquí, en la región más sedienta —Aculco: agua trenzada; Almoloya: donde mana la fuente—, el derroche suntuario del líquido elemento convertido en espectáculo sigue significando, en nuestro imaginario, el poder sin más.

Pero algo se salva... No, por cierto, las esquineras fuentes “de caritas”, sustituidas todas por unas mínimas narrativas mecánicas, sin gracia, desangelados dispositivos de fuerza hidráulica y colorines (aquellos colorines que, hace un año, lucieron aquí los Santos Reyes, embutidos hoy en una calle aledaña). Tampoco sale bien librada la dulce figura de la fuente central, perturbado su delicado contrapposto por el serpentino frenesí que a sus pies se levanta, resignada ella a gustar a quienes no la ven.

Más feliz ha sido la suerte de Mercurio, cuyo remozamiento le ha aportado una sugerente consonancia entre los acuosos dibujos y la mitología estatuaria: cada parabólico salto de cristal representa otro veloz trayecto del incesante emisario.

Pero ¡fuera simbolismos ovidianos, religiosos, humanistas! El agua móvil ha gustado desde siempre al animal —brillo sonoro, contornos proteicos, paralajes—, y donde hoy en día encontramos las experiencias más propiamente “inmersivas” es en el Balneario Revolución, ahí donde, libre de ínfulas y pretextos artísticos, se da la pobretería su regalado chapuzón.

¡Ay, Alameda mía! ¡Si buena vida os quité, mejor sepultura os di! Maledicencias de una fuente.

Jorge Ochoterena