11 de junio de 2013 / 01:57 p.m.

México• Desde los textos de sala se afirma sin ambages que “el propósito de la ilustración científica es la representación fidedigna”. Al escucharlo, los ocho caimanes se paran el cuello y gritan: “¡Heme aquí! ¡Flor y espejo de la fidelidad!” Desconfiemos. Ni idénticos ni inocentes ellos, ya sabemos nosotros lo que simboliza el ocho reptante.

En su enjundiosa historia de la objetividad (Objectivity, 2007), reconocen Daston y Galison tres virtudes epistémicas, que son otros tantos modos de ver y de producir imágenes, modos, por tanto, de integrar el yo científico: fidelidad a la naturaleza; objetividad mecánica; y buen criterio pericial. Tarea previa de toda ciencia es la de seleccionar, de entre la varia superabundancia de los objetos naturales, sus propios objetos de trabajo. A tal efecto, cada código epistémico procede de forma desigual.

Es la fidelidad a la naturaleza competencia del sabio, cuya nutrida memoria es capaz de sintetizar la experiencia de toda una vida para plasmar lo que nadie vio jamás: el esqueleto, la concha, el cristal perfectos, ideales. Típicos, en fin. La objetividad mecánica, por su parte, corre a cargo de una voluntad de hierro resuelta a anularse a sí misma, al grado de conservar hasta la marca dejada por la lente rayada. Ni titubea al transmitir con pelos y señales los feos accidentes del ejemplar idiosincrático. Por último, el buen criterio es arbitrio del experto que, sin distinguir apenas entre trabajo y juego, entre ciencia y arte, se dedicará a realzar estructuras, a eliminar artefactos instrumentales, contento con separar ruido y señal.

Fascinante resulta la relación entre científico y artista. Los cuatro ojos precisos no siempre se conjugan en paz. Contra el artista aferrado a su naturalismo de ¡a ojos vistas!, defiende el científico el realismo de los tipos. La feminización de la ilustración botánica denuncia servidumbres complejas. Más fácil es que el artista se vuelva hombre de ciencias, que no al revés. Ejemplo de ello lo tenemos en José María Velasco, egresado de San Carlos y presidente de la Sociedad Mexicana de Historia Natural. El caso contrario lo admiramos en Ignacio March, pulcro cultivador de aquella tecnología del yo sine qua non llamada diario de campo, biólogo capaz de consignar con trazos y sombras el infinito espanto del Heloderma horridum horridum.

Piedra, piel, papel, píxel: la ilustración en la historia natural de México. Museo de Historia Nacional. Hasta octubre.

JORGE OCHOTERENA BERGSTROM