13 de julio de 2013 / 04:58 p.m.

México • Cuando inicia la película nos damos cuenta de que la historia comenzó desde antes, cualidad que tienen las narraciones que saben involucrar al público desde el primer minuto. Gisaburo, un hombre de mediana edad que conduce un carro taxi, a punto de llegar a casa se encuentra con Toyoji, joven que no tiene oficio ni beneficio y que acaba de terminar el servicio militar. Gisaburo intuye que el joven estuvo en su casa y se lo confirma Seki, la esposa, también de mediana edad y quien es admirada en el pueblo porque se ha mantenido joven y bella a pesar de tener dos hijos. Gisaburo previene a su cónyuge sobre la posibilidad de que Toyoji esté enamorado de ella, pero la mujer se burla arguyendo que el joven podría ser su hijo.

Pero el amor y el deseo son irrefrenables, y un día se materializa la predicción de Gisaburo y aún más: Seki cae en las redes de la pasión malsana.

¡Ay, la pasión! La hemos sentido todos y no tiene edad, suele doler y la mayoría de las veces se vuelve incómoda porque se hacen cosas de las que después uno se arrepiente. En eso estriba la grandeza de El imperio de la pasión, de Nagisa Oshima: en que su historia y forma de contarla no pertenece a una época determinada sino que es universal y tan actual como el adulterio o el crimen pasional.

Seki se entrega con ojos cerrados a la pasión; acepta, sin recato alguno, rasurarse el vello púbico para satisfacer los deseos sexuales de su sicalíptico amante. La fotografía, encuadre y sonido son un poema audiovisual que hace sentir la sensualidad de una situación tan íntima y personal. Después de consumado el amor, la pregunta flamígera, producto de una sólida construcción de personaje: “¿Qué vas a decir a tu esposo cuando te vea rasurada?”. Como no hay respuesta ante el comportamiento erótico, la única alternativa que da Toyoji es la de eliminar al marido. Es el momento en que la pasión ciega los espíritus y almas que van a conducir a los personajes a la esquizofrenia enardecida por la culpa y a actuar de tal forma que todo el pueblo sospeche que Seki mató a Gisaburo para quedarse con el joven.

Si la escena de la rasurada tiene una carga erótica fortísima porque no es explícita, la escena del crimen de Gisaburo es dramática porque es realismo puro; ahí se inicia el pago de la pasión malvada y la culpa se hace tormentosa hasta materializarse en la peor de las esquizofrenias. Es más que cualquier monstruo y produce placer verlo bien hecho en cine, pues nos sentimos seguros de que a nosotros eso no nos va a pasar. ¿Será cierto?

JORGE GALLARDO DE LA PEÑA