20 de abril de 2013 / 03:47 p.m.

 México • La historia de Son de mar nos envuelve porque el comportamiento de Ulises y Martina no tiene parangón con la realidad; según Bigas Luna y Rafael Azcona, solamente la pasión en estado demencial puede justificar el comportamiento de los amantes.

El rostro de perplejidad de Martina también es nuestro; la respuesta de Ulises es obvia: se fue a Sumatra, un lugar recóndito que puede semejar el islote de Ogigia, donde Calipso, la chica de rojo, lo tenía secuestrado. Martina, en un soberbio momento de actuación stanislavskiana, se desencaja por el dolor que se pone a flor de piel; la situación dramática es cautivadora, la puesta en imagen y la actuación de arrepentimiento de Ulises son precisas porque están cuidadas y se desarrollan con intensidad. La primera reacción de Martina es darle una bofetada y asegurarle que él no está vivo, ¡que está muerto! Sin embargo, Ulises responde delicuescente: “Pero estoy vivo”.

Encuadrado en primer plano medio, vemos a Ulises arrodillado escurriendo lágrimas; en ese momento se acerca Martina y lo abraza. Eso los conduce al beso y a la reconciliación amorosa; la pasión crece volviéndose tormentosa, aunque también surrealista porque no hay poder terrenal ni divino que la contenga. Pero no es un acto de machismo ni mucho menos de abnegación, no es la mujer contra el hombre: es un acto de perdón sincero que los catapulta a vivir más fuerte su pasión de amor que raya en la locura, donde su hijo no tiene la menor importancia dramática.

Los golpes de efecto, de acuerdo con lo que explica el estudioso de la dramaturgia cinematográfica Robert MacKee, son pequeños acontecimientos que impulsan la historia hacia adelante, preparan el siguiente punto de inflexión y permiten llegar al clímax con mayor fuerza.

Así, en la segunda parte de la película los autores hacen avanzar la narración basados en golpes de efecto. Un día que Ulises y Martina salen del hotel, un transeúnte que conoce a Sierra se les queda viendo cuando suben al auto. Sierra se entera de que Ulises no está muerto, y la noche en que escogen huir en el barco pesquero, éste decide enfrentarlo para advertirle que diga a Martina que regrese al mundo de los vivos y abandone el de los muertos.

La venganza de Sierra es de una sutileza plausible de alto nivel dramático, pues sabemos que Ulises y Martina merecen ese final; sin embargo, estamos con ellos, porque sabemos que esa pasión sin límites a la que no pudo detener nadie, es una pasión que se nos antoja vivir más allá del cine.

Son de mar (España, 2001), dirigida por Bigas Luna, con Jordi Mollá y Leonor Walting.

— JORGE GALLARDO DE LA PEÑA