27 de abril de 2013 / 04:02 p.m.

México • Bambola es una película que rebasa la sensualidad para tornarse en un thriller de celos y posesión; poco a poco va convirtiéndose en la metáfora del coito. La película no es una "burda comedia italiana", como la catalogó la crítica ramplona de los noventa, en la que Valeria Marini trae locos a los hombres porque muestra sus turgencias, ni mucho menos es pornografía, a pesar que el tema principal es la búsqueda del placer sexual.

El lugar donde sucede la acción es un lugar edénico, alejado de la civilización y el contacto humano; ahí Bigas Luna se mueve como pez en el agua. Para muestra, la madre de Bambola y Flavio, un personaje que aparece al principio y resulta un entremés de lo que vamos a ver. La mujer, interpretada maravillosamente por Anita Ekberg, se la pasa enfurecida porque trabaja todo el día en su restaurante descuartizando cabras y anguilas; su único placer es oír ópera, disparar su escopeta y embriagarse con vino, lo que finalmente la lleva a la tumba y deja a los hijos entregados a su suerte.

Cuando Furio, la bestia enamorada —encarnado por la endemoniada presencia de Jorge Perugorria—, ve por primera vez a Bambola, no hay poder humano capaz de evitar que piense en ella; se le mete en la cabeza y en la sangre —por eso se tatúa el brazo—, que tiene que poseerla porque esa mujer es de él, y nada más de él. La presencia de Furio es un símbolo muy bien logrado: pelo cortado casi al rape, sin un pelo en el rostro, es la representación de pies a cabeza del pene erecto, es Príapo y todo lo que implica. Por eso le gusta dormir en cama de madera o en el suelo: porque es la extensión de su estado duro.

Cuando Flavio le pregunta a Bambola por qué llora, ella, confundida, acepta que disfruta la violencia pasional de la bestia; una vez más vemos la quintaescencia de la irracionalidad amorosa, donde los elementos que rodean la historia —la pizzería perdida en el campo, el jamón enorme y grueso, las anguilas como símbolo fálico, la cabrita que representa la fragilidad, y Flavio, de exquisitez homosexual— también son irracionales.

Cuando Furio muere, cae en posición fetal; por fin está flácido, ha perdido su erección, logró “la muerte chiquita”. Entonces Bambola se deshace en llanto porque lo amaba más que a nadie, a pesar de que era una bestia.

Bambola es el mejor ejemplo del microcosmos bigasluniano: los excesos del comportamiento humano auspiciados por las contradicciones lúdicas que se sujetan a la pasión desbordada.

El rey ha muerto, ¡viva el rey!

Bambola (España, Francia, Italia, 1996), dirigida por Bigas Luna, con Valeria Marini y Jorge Perugorria.

JORGE GALLARDO DE LA PEÑA