18 de julio de 2013 / 01:07 p.m.

México• A lo largo de la primera década del presente siglo, hemos observado el creciente interés de los artistas y arquitectos por diversas disciplinas científicas y filosóficas. Los artistas y arquitectos ahora denominados “mileniales”, muestran admiración desmedida por el trabajo de los astrónomos, arqueólogos, biólogos, médicos y abogados forenses, por las técnicas de instrumentación científica utilizadas por las agencias aeroespaciales, por la policía científica o por las corporaciones militares y de inteligencia, incluido el espionaje. Esta fascinación, que a veces se convierte en una actividad obsesiva, lleva a muchos de estos artistas a incorporar directamente y casi sin mediación, los protocolos de experimentación científica en sus obras, exponiendo sus resultados como la materia de estudio de sus piezas y en el caso de los arquitectos, de sus espacios.

Este fenómeno provoca reacciones en el público que se asemejan a aquellas que el conceptualismo y el Ready made provocaron en su momento, y remiten inevitablemente a la pregunta: ¿esto es arte? Cuestión que casi siempre irrita y desconcierta a los autores de las piezas, a los críticos y curadores, pero que no deja de ser una duda legítima de quien se encuentra en una exposición con una colección de restos arqueológicos, muestras experimentales hechas por un artista, o de un arquitecto que presenta un edificio como resultado de un “mapeo rizomático”.

¿Cuál es la diferencia entre un reporte científico de cualquier índole y un documento similar presentado como obra de arte? Una respuesta provisional a esta difícil pregunta se relaciona con el reconocimiento abierto del sesgo cognitivo que caracteriza al arte. La ciencia es un campo de conocimiento que persigue ante todo la objetividad, a pesar de que no existe la “ciencia pura” y los científicos se proponen la búsqueda de los hechos comprobables; en otras palabras, buscan la verdad evitando a toda costa las nociones preconcebidas, propias de la individualidad. Por el contrario, el artista puede permitirse la subjetividad, la impresión de sus experiencias personales dentro de su trabajo, siempre que éstas sirvan en su objetivo de expresar sus emociones y de la búsqueda de la estética mediante su trabajo. El artista, a diferencia del científico, no busca las explicaciones detrás de los hechos, se concentra en penetrar lo más profundamente posible en las emociones humanas. Por esta razón es que un reporte científico puede contener exactamente la misma información que una pieza de arte, pero su interpretación es distinta según el contexto en el que se presenta.

LORENZO ROCHA