6 de junio de 2013 / 04:05 p.m.

México • Cada vez que algún habitante de la ciudad viaja al campo, tienen lugar una serie de paradojas inconscientes que se originan de las múltiples ambigüedades que suponen las nociones humanas sobre las cosas naturales, concebidas como opuestas a las artificiales. Salimos de la ciudad y enseguida sentimos el contacto con la naturaleza, pero ¿cuándo podemos afirmar con certeza que hemos salido del medio urbano? Recorremos algunos kilómetros y ya respiramos mejor, escuchamos menos ruido, vemos el verde de la vegetación que nos rodea y el azul del cielo. Pero también seguimos viendo algunas fábricas, comercios, gasolineras. ¿Hemos realmente dejado atrás la ciudad? Cuando dejamos de ver rastros urbanos, quizá llegamos a una nueva ciudad. Normalmente no reflexionamos acerca del hecho de que el medio agrícola es tan artificial como el urbano: todos esos campos los ha sembrado el hombre, después de haber deforestado el terreno, e incluso es probable que todos los árboles que vemos hayan sido sembrados por los propios agricultores. Entre campo y ciudad no hay gran diferencia: ambos entornos han sido creados por el ser humano, incluso las reservas naturales protegidas, sufren de los efectos provocados por su proximidad a ciudades y terrenos agrícolas, además de la reforestación, que en ocasiones tiene efectos contrarios a los deseados. Solo algunos territorios deshabitados en el mundo pueden considerarse como totalmente independientes de las acciones humanas.

En la planificación territorial, originada a partir de la época postindustrial, existe continuidad absoluta entre campo y ciudad, principalmente a lo largo de las vías de comunicación terrestre, sobre las vías fluviales y sobre las costas. El desarrollo del territorio ocupado por población rural y urbana se basa en la optimización de los recursos naturales y el máximo aprovechamiento del suelo, lo cual implica la anteposición de las necesidades humanas sobre todos los demás seres vivos que componen la biosfera.

La oposición ficticia entre campo y ciudad nos hace volver a la paradoja planteada anteriormente: ¿dónde se fijan los límites entre lo natural y lo artificial? En sentido llano, lo natural es todo aquello que no ha sido intervenido por el ser humano; entonces ¿solamente es natural aquel sitio que carece de la presencia humana? Parecería ser así, si no fuera porque un sitio desconocido para el hombre está fuera de su esfera perceptiva y por lo tanto no es posible afirmar nada sobre él. Todo aquello que conocemos está sujeto a nuestra percepción e interpretación, por lo cual no existe la naturaleza en sentido absoluto.

LORENZO ROCHA