13 de junio de 2013 / 03:08 p.m.

México • En la arquitectura mexicana, el uso del color es una costumbre muy extendida; quizá por esta razón no nos detenemos lo suficiente a reflexionar sobre la complejidad de la selección y aplicación de los colores en el espacio, además de sus múltiples repercusiones en la percepción de la luz. Al pensar en la arquitectura y el color nos vienen inevitablemente a la mente los espacios diseñados por Luis Barragán y Ricardo Legorreta; pero si miramos a nuestro alrededor, en cualquier pueblo o barrio urbano encontramos en seguida una amplia variedad cromática. Este fenómeno no es tan común en otros países de Occidente, y por ello los extranjeros se sorprenden más cuando conocen la arquitectura mexicana, a diferencia de nosotros, que estamos acostumbrados a ella.

Escoger un color evocativo no es tarea fácil, aunque quizá en la arquitectura vernácula se dé intuitivamente; pero se requiere de artistas con una gran sensibilidad y conocimiento para utilizar con maestría la luz y el color. Seguramente Barragán y Legorreta poseían las virtudes antes mencionadas, además de mantenerse en contacto con artistas plásticos como Jesús Reyes o Matías Goeritz, quienes indudablemente contribuyeron a las obras de ambos arquitectos, incluso en aquellas donde no se les ha dado crédito.

Además de la elección del tono adecuado, es esencial poner atención a las fuentes de luz y a su orientación respecto al muro al que se aplicará el color. El efecto inmediato del reflejo de la luz sobre la superficie cromática es una sensación de materialidad, ya que la luz —sea natural o artificial— refleja la calidez o frialdad del tono elegido y evoca una sensación táctil que la luz blanca normalmente no posee. En la casa de Luis Barragán, construida en 1947 en el barrio capitalino de Tacubaya, la mayor parte de los muros son blancos; los muros pintados de amarillo, rosa o naranja se encuentran colocados estratégicamente en los planos opuestos a las ventanas para generar los efectos sensoriales adecuados para el ambiente sereno de la casa. Además, el arquitecto utilizó pinturas de hoja de oro, los Mensajes realizados por Goeritz para aumentar la intensidad de la luz solar, colocándolas cerca de algunas de las ventanas.

La obra más representativa de la habilidad de Legorreta para utilizar el color y la luz es, sin duda, el hotel Camino Real en Ixtapa, construido en 1981. En esta notable obra arquitectónica, el arquitecto aprovecha la intensidad del sol de la costa, creando zonas que reciben gran cantidad de luz, sobre todo por la tarde, contrastándolas con otras casi en penumbra que crean un efecto espectacular en los espacios del hotel.

LORENZO ROCHA