— POR LORENZO ROCHA
5 de septiembre de 2013 / 01:20 p.m.

México  • Las exposiciones colectivas plantean un dilema interesante al espectador. Por una parte comunican un concepto general que normalmente va ligado al título de la muestra, las distintas obras dialogan o discuten entre sí las posturas de los artistas participantes y sus respuestas a las preguntas o al enunciado central que propone el curador. Dichas exposiciones tienen otro ángulo desde el que pueden observarse: son muestras de obras distintas entre sí, pero que, puestas en conjunto, comparten alguna característica taxonómica común, se constituyen en definiciones ilustradas del enunciado inicial e inevitablemente crean potenciales comparaciones, le dan a escoger al espectador la pieza que es más afín a sus intereses. Las exposiciones colectivas son el equivalente en arquitectura a las viviendas multifamiliares: los artistas conviven en ellas por la necesidad de expresión que los motiva, y simultáneamente comparten el espacio común donde se instalan sus obras.

El pasado jueves se inauguró una muestra muy completa en la Casa del Lago que lleva por títuloYo soy la empresa.

 

Su curadora, la artista Pilar Villela, plantea cuestionamientos sobre el ámbito laboral actual, desde la oposición entre el trabajo formal y el autoempleo, hasta el significado filosófico de las actividades profesionales.

 

De la muestra, la pieza que más se relaciona con la arquitectura es “Cuartos de servicio”, de Daniela Ortiz. Se exhiben dos piezas de una serie compuesta por 16 casas. La artista peruana expone fotografías, planos y textos sobre dos casas elegantes de Lima, una construida en 1940 y la otra en 2010. Mediante una comparación entre las áreas destinadas a las habitaciones de los dueños de la casa y el personal de servicio, la artista subraya que la inequidad entre la dotación de espacio entre ambos no ha cambiado mucho en los 60 años que separan a ambos proyectos. La pieza se presenta como una denuncia al maltrato que los patrones ejercen sobre sus empleados domésticos, quienes conviven con ellos bajo el mismo techo, pero en condiciones de menor calidad espacial. En otra ocasión en la cual se presentó esta pieza —en una exposición personal de la artista en Lima— se distribuyó un resumen escrito de la investigación, el cual en su portada tenía impresa la frase: “No hay excusa para su ubicación y dimensiones”, una clara manifestación de su autora contra las condiciones del trabajo en el ámbito doméstico.

 

Sería interesante hacer una investigación similar en la Ciudad de México; en principio podríamos asumir que probablemente las áreas y proporciones que encontró Ortiz en Lima sean similares a las casas de los barrios ricos de nuestra ciudad.