15 de agosto de 2013 / 02:13 p.m.

México  • Al igual que muchas otras discusiones sobre problemas arquitectónicos y urbanos, el tema de los anuncios publicitarios que contaminan visualmente nuestras calles ha sido planteado desde diversos ángulos y, por momentos, también dejado de lado ante otras preocupaciones quizá más apremiantes, como la inseguridad o la contaminación ambiental. No por ello, deja de ser un asunto importante en nuestra ciudad que, dada su complejidad, no ha cesado de crecer desde que se puso de manifiesto la oposición de muchos arquitectos, antropólogos y demás profesionistas, que vemos en dicho fenómeno argumentos suficientes para prohibir definitivamente los anuncios de todo tipo en las azoteas y calles de la ciudad.

El argumento más importante contra la publicidad exterior es, sin duda, el tema moral, la ilegitimidad de utilizar el espacio público para promover intereses privados sin el consentimiento, manifiesto o tácito, de los habitantes. En otras palabras, comerciar con el paisaje urbano e imponer a los ciudadanos innumerables mensajes comerciales que pretenden persuadirlo para comprar los productos anunciados, atropellando su libertad de transitar por la vía pública sin ser expuesto forzosamente a dichos mensajes, algo similar a una irrupción violenta de la privacidad.

La publicidad es uno de los elementos fundamentales del capitalismo: desde el punto de vista económico, impulsa el consumo y las transacciones comerciales que generan los empleos y el bienestar propios del sistema económico neoliberal. Si abordamos el fenómeno publicitario por el lado político, también el consumismo y la libre competencia son elementos básicos de la libre elección y, por tanto, de la democracia ligada al capitalismo. Sin embargo, la exposición a los mensajes publicitarios debe, por definición, ser voluntaria: si una persona lee un periódico o revista, sabe de antemano que contiene anuncios, y por lo tanto lo hace con el conocimiento suficiente y por elección propia; lo mismo sucede cuando dicho sujeto enciende el radio o la televisión. En cambio, cuando los habitantes urbanos salimos a la calle, a pie, en bicicleta, en automóvil o en transporte público, tenemos que ver la publicidad exterior aunque no queramos, información que además nos distrae visualmente y nos confunde al buscar la dirección correcta o las señales viales. Además de lo anterior, nos priva del derecho a disfrutar del paisaje urbano, ya que resulta un elemento que daña el equilibrio visual de la arquitectura y el diseño urbano, los cuales ya habían perdido, por sí mismos, buena parte de su calidad y armonía durante la época moderna.

 — LORENZO ROCHA