14 de abril de 2013 / 02:49 p.m.

México • En La genealogía de la moral Nietzsche explicó que si la moral moderna es resentida y culposa se debe, en buena medida, al advenimiento del cristianismo como religión dominante. Si los dioses paganos cargaban con la culpa y los hombres con la pena, Cristo cargó con la pena y los hombres se quedaron con la culpa (el pecado original nos define desde el nacimiento). No es ninguna casualidad, entonces, que la iconografía que representa a Cristo se regodeé de diversas formas en su dolor y en su sufrimiento. Entre más brutal haya sido su calvario mayor será la culpa ontológica y la correspondiente aceptación y sumisión de su rebaño.

En un libro desafiante y jocoso titulado Gesú e le donne, el premio Nobel italiano Dario Fo ofrece una versión de la vida del Mesías muy distinta de la que enarbola la Iglesia católica. Recurriendo a los propios Evangelios, incluidos los apócrifos, así como a diversos estudios sobre la vida de Cristo, Fo muestra, por ejemplo, que Jesús siempre se rodeó de mujeres y que, como los antiguos dioses paganos, también era susceptible a los efectos de pasiones humanas como la ira: Fo recuenta el pasaje del primer milagro de Jesús, en donde da vida a unos pájaros hechos de lodo para ser aceptado por otros niños que no quieren jugar con él. Evidentemente con ello se gana su simpatía, hasta que el juego encantado se ve interrumpido por el prepotente hijo de una figura política de Judea, quien al ser rechazado rompe las figuritas hechas por los demás niños. Jesús lo acusa con Dios Padre y le pide que lo mate como castigo, a lo que éste responde: “Ah… ¡comenzamos bien! Te mando desde el cielo a la tierra para enseñar la paz entre los hombres… hablar de amor a la gente que por lo general se golpea sin razón (…) y ¡pum!, llegas tú y al primer problema: ¡Mátalo! ¿No te da vergüenza?”. Dios Padre le dice que él también es un Dios, así que en todo caso que él se las arregle. Enfurecido, Jesús escupe fuego por los ojos hasta convertir al niño malvado en una estatua de tierra. En eso aparece su madre para regañarlo y lo obliga, para su pesar, a devolver la vida al niño enemigo.

En estos tiempos de crisis existencial de la Iglesia católica, quizá una visión hereje de un Cristo más humano vaya más a tono con los propios pecados y depravación rampante de la institución que lo venera. A juzgar por el Jesús plasmado por Dario Fo, probablemente ni a él mismo le agradaría ver que su propio sufrimiento haya sido utilizado para incrementarlo exponencialmente entre cientos de millones de feligreses.

EDUARDO RABASA