11 de agosto de 2013 / 04:33 p.m.

México • Zizek ha postulado la perturbadora idea de que el acto sexual solo puede ser llevado a cabo bajo la condición de la inconsciencia, pues si nos invadiera la conciencia de estar realizando ese movimiento repetitivo y animal, probablemente el sentido del ridículo sería mayor al placer obtenido. Algo similar postula para la cultura en general Norman O. Brown, al considerarla una sublimación que busca recuperar un estado previo a la violenta ruptura mente-cuerpo, que nos deja alienados por siempre dentro de nosotros mismos, como cabezas aprisionadas en un cuerpo que se pudre sin remedio. El problema, afirma Brown, es que lo sublimado nunca podrá equipararse con aquello que busca suplir: “Las sublimaciones satisfacen los instintos en la misma medida en que los mapas satisfacen el deseo de viajar”. En términos más aterrizados, cita al poeta Stephen Spender, quien en un párrafo resume a qué se reduce todo el pomposo mundo que sirve para afanarnos como intento de evadir el miedo a la muerte: “El mundo que creamos —el mundo de los barrios bajos y los telegramas y los periódicos— es una especie de lenguaje de nuestros deseos y pensamientos internos”.

Si bien cada época cuenta con su “neurosis social”, que “ahorra al individuo la necesidad de crear su propia neurosis privada”, lo curioso de algunos de los elementos de la nuestra es que, bajo el discurso de preservar y proteger la vida, en realidad terminan confinándola a una existencia tan cuadriculada que termina siendo una gran negación de la vida misma. Así, la corrección política trae como contraparte un pensamiento timorato, instalado en la comodidad de enunciar buenos deseos que no se corresponden ni con la realidad ni con algunos de los rasgos antropológicos más elementales. La equiparación de lo político con lo electoral produce una hipóstasis de la democracia que termina por anular la posibilidad de imaginar realidades distintas, que no quepan en la reglamentada alternativa de las instituciones existentes. Incluso la sexualidad es sofocada bajo una institución como el matrimonio, que en buena medida condena el placer a ser vivido como transgresión secreta, alimentada en parte por la idea catastrófica de ser descubiertos en el engaño. Quizá un hipotético retorno al cuerpo como el que postula Norman O. Brown tendría que pasar necesariamente —al menos en el plano individual— por una mirada más aguda a esos clichés sociales que, en aras de volver la vida más cómoda y segura, la estrangulan a cada instante otro poco más.

— EDUARDO RABASA