6 de enero de 2013 / 07:35 p.m.

Los músicos y coristas empezaron a sentir un insoportable ardor y abandonaron de prisa el escenario. Todos, menos uno: Bob Marley.

 

México.- El 17 de abril de 1980, después de una larga lucha armada por la independencia —y tras haber pasado más de 10 años en la cárcel a consecuencia de ello—, Robert Mugabe juraba como el primer presidente electo de la recién constituida República Independiente de Zimbabwe. Para culminar los festejos se organizó un concierto de Bob Marley, al que en principio solo podían acudir invitados especiales. Sin embargo, la potencia del reggae atrajo a miles más, que avasallaron a las fuerzas de seguridad para ingresar al estadio a bailar y cantar con el jamaiquino. La policía respondió rociando gas lacrimógeno y la multitud se dispersó para cubrirse como mejor podía. Los músicos y coristas empezaron a sentir un insoportable ardor y abandonaron de prisa el escenario. Todos, menos uno: Bob Marley. El líder de la agrupación continuó cantando y bailando sin inmutarse ante lo que ocurría. Cuando los efectos del gas pasaron, tanto los músicos como el público regresaron a acompañarlo para continuar con el concierto.

Una explicación posible para este suceso de difícil comprensión yace en la teoría desarrollada por James Hillman en su magistral libro El código del alma, sobre el daimon que habita en el interior de cada persona. Apoyándose en el mito platónico de que las almas bajan a la tierra acompañadas por su daimon (llamado "genio" por los romanos), Hillman combate la noción de que nuestras vidas están determinadas solamente por el entorno familiar y social en el que se desenvuelven. Siempre hay algo más, que también puede ser lo que Schopenhauer llamó "carácter", cuyo descubrimiento consideró el fin último de la existencia. En los casos límite de personajes como Bob Marley, cuya vida es un continuo estar situado al margen y por encima de la media y de las normas, la expresión del daimon se hace más evidente. Así, lo que vemos entonces en aquel mítico concierto de Zimbabwe no es un ser humano inmune al gas lacrimógeno, sino una especie de trance inducido por una potencia interna tan poderosa que desafía los efectos físicos que abaten al resto de los ahí presentes. Por suerte, la teoría de Hillman no tiene pretensiones científicas, por lo que no existen tests estadísticos para medir la intensidad de los respectivos daimones. Entonces, permanece intacta como una narrativa mitológica al alcance de quien quiera utilizarla para comprender fenómenos e individuos fascinantes, que escapan a todas las clasificaciones cuadriculadas que pugnan en la actualidad por explicar y definir la existencia.

EDUARDO RABASA