EDUARDO RABASA
21 de abril de 2013 / 03:20 p.m.

México • F. Scott Fitzgerald es uno de esos raros casos cuya escritura crece con el pasar de los años. Lejos de ser anacrónico, un libro como Tender is the Night se vuelve más impactante, tanto por comparación con la escritura contemporánea (es difícil pensar en un escritor actual que alcanzara su maestría para la descripción de atmósferas: “La mesa parecía haberse elevado un poco hacia el cielo como una plataforma de baile mecánica, confiriendo a la gente a su alrededor la sensación de encontrarse solos entre sí en el oscuro universo, nutridos por su único bien, acogidos por sus únicas luces”) como por transmitir la impresión de estar poblado no por seres de otra época, sino casi de otra especie.

Como suele suceder a los personajes verdaderamente trágicos, la condena de Dick Diver es tener demasiada conciencia del ridículo papel que le toca desempeñar. La diferencia con los Buchanan de El gran Gatsby es que los segundos destruyen vidas sin darse cuenta de ello, pues la cabeza solo les alcanza para pensar en dónde les servirán el próximo martini que sí logrará exterminar el insoportable tedio en el que viven. En cambio, Dick Diver es como el invitado que llegó algunos años tarde a las fiestas de Gatsby, cuando ya solo quedan en el suelo los corchos de la champaña y los zapatos de algún huésped demasiado borracho como para encontrarlos. Su encanto legendario funciona sobre todos menos sobre sí mismo, pues para su desgracia es demasiado inteligente como para engañarse por la adulación sin límites que le profieren the young and the beautiful de la alta sociedad: “En las blancas horas muertas en Zúrich, mirando fijamente la bodega de un desconocido a través del fulgor de un farol de la calle, solía pensar que quería ser bueno, quería ser bondadoso, quería ser valiente y sabio, pero todo era tan difícil. Quería ser amado, también, si es que lograra acomodarlo.”

Finalmente, Dick Diver termina siendo más esnob que el propio Gatsby, pues carece de la inconciencia necesaria como para precipitarse hacia una muerte trágica; su cobardía es tal que ni siquiera puede dejarlo todo por Rosemary, así que tiene que conformarse con torturarse por no poder dejarlo todo por ella. En cambio, la conciencia hiperracional con la que se defiende de la culpa de tirar su vida por la borda a cambio del dinero de una mujer rica lo conduce a reservarse el privilegio que solo los esnobs verdaderos pueden gozar: la muerte en vida zambulléndose de cabeza en un mar creado por la nada y el vacío.