7 de abril de 2013 / 02:57 p.m.

 México • Para Valeria Luiselli Uno de los fenómenos más valorados por los usuarios de la explosión digital que vivimos es que la red brinda incontables posibilidades de expresión a gente que tradicionalmente tenía vedado el acceso a los medios de comunicación masivos. Una y otra vez se repite el argumento contra los guardianes que se arrogan el derecho a decidir aquello que tiene méritos para ser hecho público, es decir, que sea publicable. Los foros digitales equiparan a todos y no hay más juez que los propios usuarios para distinguir a lo popular de lo marginal. Hasta aquí, todo bien por mi parte: al que no le gusten los blogs y el Twitter, que los evite o no los utilice y punto.

Sin embargo, a menudo se produce una enorme paradoja: incluso gente que se gana la vida escribiendo de manera profesional, que es reconocida y tiene libros publicados, así como contactos y acceso a editoriales y otros medios de comunicación masivos, incluidos los digitales, sucumbe frente a la tentación de publicar en la red sus banalidades más íntimas. Al leer algunas reflexiones o intercambios epistolares digitales queda la impresión de que, a la par de la eliminación de costos de impresión y otras barreras tradicionales para hacer público un escrito, se pierde toda capacidad de autocensura. Una cosa son los aforismos póstumos de Kafka o de Baudelaire, o la correspondencia (también póstuma) entre Walter Benjamin y Gershom Scholem, pues en ambos casos el paso del tiempo corroboró que eran escritores tan perdurables que hay miles de lectores literalmente dispuestos a leer cualquier fragmento que hayan escrito en cualquier formato. Otra muy distinta es creer que la extensión permitida por Twitter convierte en un aforismo a cualquier cosa que le pase a uno por la cabeza al despertarse, que el compromiso político se exprese indignándose en Facebook frente a los titulares del día, o que el conflicto conyugal-existencial por la decisión de desayunar piña o papaya tenga algún valor o interés excepto para el que lo escribe y sus tías consentidas. Asimismo, el carácter efímero que confieren el deseo de expresión y atención ilimitados es el vehículo perfecto para ataques insustanciales que en la mayoría de los casos serán intrascendentes para el blanco en cuestión. Al parecer, los buenos escritores del siglo XXI deberán añadir una importante cualidad a las de humildad, inteligencia, sensibilidad, originalidad, manejo del lenguaje y demás atributos tradicionales de la profesión: al menos deberán conservar una dosis mínima de pudor.

EDUARDO RABASA