28 de julio de 2013 / 04:27 p.m.

 México • Hay un pasaje en El mago, de John Fowles, donde Maurice Conchis diserta con el joven Nicholas Urfe sobre la sexualidad, diciéndole que cuando él era joven jamás hubiera soñado con la libertad que la generación de Urfe poseía, pues la naturaleza social de las relaciones con las mujeres era de mayor recato. Si bien Conchis reconoce que le hubiera encantado contar con las posibilidades ampliadas, afirma que también se perdió para siempre una dimensión que Urfe ya no conocerá, pues el pudor traía consigo todo un universo de gestos, insinuaciones, coqueteos espirituales y demás, que recuerda con gran emoción y nostalgia. A fin de cuentas, pareciera decir Conchis, se trata de dos versiones distintas de lo mismo, y por más que él reconoce que le hubiera gustado vivir la posterior, el cambio se lleva por necesidad una dimensión irrecuperable.

Es evidente que en la actualidad se vive una revolución tecnológica que ha impactado al mundo del libro y la lectura. No es solo que cada vez haya más lectores en formato digital, sino que al parecer también hay menor interés por la lectura, los lapsos de atención se han reducido y por parte de las editoriales existe, como nunca, una obsesión con los beneficios que propicia una concentración inmensa en la venta de unos cuantos best sellers. De ahí que sea común leer artículos de escritores entrados en años, que con un tono que oscila entre la amargura y lo apocalíptico se quejan de la situación, rememorando los good old days  cuando la gente leía mucho, se expresaba con un lenguaje correcto, compraba los libros en lugar de descargarlos gratis (¿fotocopias?, ¿qué es eso?), y ellos eran aclamados como tótems de sabiduría que, además, podían autografiar ejemplares. Culminan por lo general con la amenazante pregunta: ¿quién podrá, como nosotros, describir la existencia humana si desaparecemos?

Más allá del pánico que produce el cambio, quizá sería más interesante partir por analizar con detenimiento lo que Weber llamó “lo dado”, en vez de transitar de un mundo de fantasía donde la gente paseaba por las calles leyendo a Wittgenstein en voz alta para desembocar en un apocalipsis digital de descerebrados sin educación. A fin de cuentas, la lectura seria siempre ha sido algo minoritario, y es probable que cuando se asiente el polvo de la revolución digital siga siéndolo, de formas distintas pero en el fondo siempre iguales, y seguirá existiendo una estirpe dedicada a propiciar ese encuentro que es la literatura, pese a que hoy se sienta como una especie en extinción.

 — EDUARDO RABASA