28 de abril de 2013 / 03:41 p.m.

México • El principal problema con la opinocracia contemporánea no es tanto que haya una infinidad de opiniones por doquier, sino que todas se parecen mucho entre sí. La idea de que si la mayoría de las personas opinan algo entonces por definición es lo correcto, tiene como consecuencia una (auto)censura de efectos devastadores: pareciera que a cambio de poder decir lo que queramos lo único que está terminantemente prohibido es poder pensar.

El periodista y escritor estadunidense Thomas Frank es una lúcida excepción a lo anterior. En el número de marzo de la revista Harper’s aborda el tema del control de armas en Estados Unidos, y la violencia ocasionada por organizaciones como la Asociación Nacional del Rifle, cuyo vocero, Wayne LaPierre, hace poco declaró: "La única manera de detener a un tipo malo con una pistola es con un tipo bueno con una pistola". Sin embargo, Frank identifica el otro gran pilar de la cultura de violencia que, literalmente, está asesinando a la sociedad norteamericana: el pornográfico culto de la violencia explícita del cine de Hollywood.

El ejemplo más visible es Quentin Tarantino, cuyo estatus de diva cinematográfica lo ha llevado a explotar recientemente contra periodistas que lo interrogaban sobre el nexo entre la violencia de las películas y la que se genera en la vida real. Como bien relata Frank, para Tarantino la relación es inexistente, pues la violencia cinematográfica "es divertida, es cool y es muy disfrutable". Al mismo tiempo, cada vez que surge el tema se invocan argumentos de libertad de expresión, censura y similares que apuntan a que si a fin de cuentas es lo que la gente quiere ver, ¿quién es nadie para impedirlo o siquiera cuestionarlo?

Si bien lo anterior es cierto, y a estas alturas es imposible siquiera imaginar alguna instancia que prohibiera cierto tipo de violencia cinematográfica, eso no quiere decir que sus efectos en la sociedad sean nulos. Suponer, como quiere Tarantino, que por ser ficticia es inofensiva equivale, según Thomas Frank, a pensar que la publicidad no tiene efectos, pues "los actores en realidad no disfrutan ese Sprite, sino que simplemente lo fingen".

Tarantino está en su derecho de hacer películas sádicas que explotan el morbo por la sangre, y sus miles de fans seguirán acudiendo a regodearse ante la explosión orgiástica de vísceras, pero gente como Thomas Frank está igualmente en el suyo de pensar que eso hace daño y que genera violencia, y el que Tarantino se enoje y pegue de gritos no cambia en lo más mínimo ninguno de los dos hechos.

EDUARDO RABASA