17 de marzo de 2013 / 04:36 p.m.

Uno de los grandes inconvenientes de la falta de imaginación política es que la enorme mayoría de las personas la acota a tachar una boleta cada determinado tiempo, como si el inagotable espectro de matices políticos se concentrara simplemente en decantarse cada tanto tiempo por candidatos que en casi todos los aspectos esenciales son básicamente lo mismo. A pesar de ello, continúan existiendo entidades que se salen de la norma, y que entienden que, por ejemplo, la cultura puede ser un arma de resistencia frente a la devastación producida por la violencia, a menudo más poderosa que muchas de las más evidentes.

En ese sentido, la feria del libro organizada en Monterrey por la Universidad Autónoma de Nuevo León puede leerse como un valiente acto en contra de la anomia que se respira (con razón) en esta ciudad. Lo de menos es que, como cualquier feria que comienza (es su tercer año), atraiga poca gente y no sea tan grande ni tan movida como otras más consolidadas. Su simple existencia es ya un acto de incalculable valía cultural. El hecho de que Jon Lee Anderson pueda impartir un taller a jóvenes aspirantes a periodista, que para efectos prácticos se están formando en una zona de guerra; que acuda Margo Glantz a relatar sus viajes por la India; que se realice un homenaje al poeta Francisco Hernández; que el polaco Artur Domoslawski evoque a un Kapuscinski plagado de contradicciones que lo vuelven más humano; que Francisco Goldman muestre cómo el duelo puede transmutarse en una estremecedora obra de arte, y una larga lista de etcéteras, son una prueba contundente de que la cultura no es un accesorio ni un adorno, sino una de las principales formas para recuperar el espíritu, para contraponer la imaginación y la creación a la brutalidad y la desesperanza.

En la entrada del bar Café Brasil colgaba una pancarta que rezaba “Recuperándonos. Porque la ciudad es nuestra”. En efecto, si bien la recuperación desde luego pasa por factores políticos, económicos y demás, la resistencia cultural es por lo menos igual de importante. Quizá no sea casualidad que al día siguiente del fin de la feria comenzó también en Monterrey el nacional de kung fu. Al ver a delegaciones de niños pequeños y chicos jóvenes venidos de todas partes de la República para participar en una disciplina que tampoco le interesa a demasiada gente, se siente de inmediato que algo importante se está moviendo en los márgenes, quizá incluso aquello que habrá de servir para recomponer lo que años de marginación y miseria se han encargado de destruir.

EDUARDO RABASA