3 de julio de 2013 / 03:04 p.m.

México• A bordó el jazz con el instrumento que mejor conocía, la literatura, pero no lo hizo de manera tangencial. El jazz no solo se asoma a la obra de Julio Cortázar, sino que, en muchas ocasiones, la habita, sobre todo cuando abrimos —al azar— ese portentoso juego llamado Rayuela. A su autor debemos agradecerle el haber reclutado adictos al jazz —al menos para estar a tono—. Si antes no se percataban de las bondades de esta música, luego de ingresar a Rayuela las lectoras querían convertirse en la Maga y los lectores en Horacio Oliveira, y ambos escuchar el viaje sonoro que Cortázar proponía.

Una buena invitación para volver a Rayuela es escuchar lo que la novela plantea musicalmente. Alguien habrá trazado esta ruta sonora que salta de un capítulo a otro y le otorga un fondo cambiante, pero cada lector puede trazar la suya propia y encontrar, por ejemplo, que en un momento dado Oliveira renuncia “a seguir los juegos de Dizzy Gillespie sin red en el trapecio más alto”, o pensando en encontrar a “Champion Jack Dupree perdido en los blues, mejor barricado que él...”.

Y aunque “Ronald no podría tocar jamás el piano como Earl Hines”, la Maga piensa que “en realidad Horacio y ella deberían tener el disco donde Hines toca “I Ain’t Got Nobody”, para “escucharlo de noche en la oscuridad, aprender a amarse con esas frases, esas largas caricias nerviosas, I Ain’t Got Nobody en la espalda, en los hombros, los dedos detrás del cuello, entrando las uñas en el pelo y retirándolas poco a poco, un torbellino final...”.

Jazz, música orgánica, otorga ritmo a la novela y le brinda las posibilidades de moverse, acompaña los estados de ánimo de los personajes, los fortalece y los muestra vulnerables. Como Jelly Roll Morton y su piano, su voz y su interpretación de “Mamie’s Blues”, que plantea la pregunta de “por qué el piano de Jelly Roll era tan triste, tan esa lluvia que había despertado a Guy, que estaba haciendo llorar a la Maga, y Wong que no venía con el café”.

Si la novela puede leerse a saltos, también puede escucharse de la misma forma, pues si algo saben sus cofrades es que el jazz no puede aprisionarse y lo mismo podemos escuchar lo revolucionario que lo rudimentario. De ahí que el narrador piense en “la colección de afónicos 78 con Freddie Keppard o Bunk Johnson, la exclusividad reaccionaria del Dixieland, la especialización académica en Bix Beiderbecke o el salto a la gran aventura de Thelonious Monk, Horace Silver o Thad Jones, la cursilería de Errol Garner o Art Tatum…”.

XAVIER QUIRARTE