16 de agosto de 2013 / 01:56 p.m.

México • En marzo de 1994 viajamos al Festival Internacional de Teatro de Montevideo, Uruguay, con El ajedrecista, que se presentó en el emblemático Teatro El Galpón. En esa primera salida al extranjero como profesional del teatro, todo era sorpresa y novedad. Luego de nuestras presentaciones, nos quedamos unos días más Álvaro Hegewisch (que actuaba), Philippe Amand (que dirigía) y un servidor (que estorbaba, después de haber escrito la obra). Renuentes, una de esas noches festivaleras entramos a ver un “solo” de un actor y clown suizo… Nos cambió la vida. En un champurrado itañol, Daniele Finzi Pasca presentaba Ícaro, espectáculo concebido en sus inicios para un solo espectador con el fin de ayudar a enfermos terminales a través de la risa y la ternura. Repetimos a la noche siguiente. Recuerdo la ovación que propinamos al final de la función y cómo no podía (al menos yo) parar de llorar. Habíamos descubierto a un teatrista con “duende”.

Ese mismo año, Álvaro y Philippe se empeñaron y trajeron a Daniele por primera vez a México al Teatro Helénico con la ayuda de Otto Minera. Ahí empezó una relación de amor en y por  México que Finzi ha desarrollado como una benévola enfermedad. Después de ese 1994, este artista suizo de la escena (director, coreógrafo, dramaturgo y clown), ha recorrido el mundo y llevado adelante proyectos con el Circo Eloize, Corbono 14 y, entre otros, el Circo del Sol. Fue también el encargado del espectáculo de clausura de las Olimpiadas de Invierno de Turín en 2006.

Desde la semana pasada ha regresado Ícaro a la escena capitalina, a casi 20 años de su primera visita, ahora en el Esperanza Iris. El teatro de la caricia —como le gusta a Daniele llamarlo— representa un verdadero encuentro del espectador con las fibras más sensibles y primigenias del ser humano. Ícaro  es la piedra fundacional de esa caricia que se ha extendido por los escenariosdel mundo gracias a este “duende” mágico y generoso. Como espectador especializado que es un cronista teatral, puedo decir que muy pocas veces uno se deja sorprender y casi nunca se deja conmover. Con Ícaro no hay manera de resistirse. No solo es un espectáculo sencillo y bello, sino que deja al espectador sin defensa ante emociones básicas y universales para confrontarlo y —sobre todo— reconfortarlo, como un bálsamo sanador llevado por el hilo de un humor fino y sutil. No se lo puede perder.

Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, Donceles núm. 36, Centro Histórico. Viernes 20:30 horas, sábado 13:00 y 19:00 horas, y domingo 13:00 y 18:00 horas.

— JAIME CHABAUD MAGNUS