JAIME CHABAUD MAGNUS
12 de julio de 2013 / 01:47 p.m.

México• Después de algunos años de estar alejado de los circuitos de festivales, encuentros y muestras estatales de la República, en los últimos dos, de visitas más o menos intensas, me encuentro con nuevas generaciones de teatristas con una energía enorme y disparidades abismales: desde los muy bien informados y formados, con acceso a nuevas tecnologías y manejo de técnicas y nuevos formatos artísticos, hasta los que siguen descubriendo que la rueda es redonda y confunden actuación con recitar (cuando incluso ya se habla del no-acting) y escenografía con decorado. Aunque pareciera que todo se puede reducir a polos de desarrollo y entidades con un rezago cultural fuerte, la cosa no es así de obvia. Puede haber capitales (para no hablar de municipios) con un presupuesto medianamente potable para la cultura y con un retraso brutal en las concepciones y/o modos de producción teatrales, y otras en condiciones de precariedad con alguno que otro loquito que nos regala su genialidad. Y ese verdadero creador, si sobrevive al canibalismo del pueblo chico (infierno grande), ha de terminar migrando al Distrito Federal, casi como regla general.

Es una sorpresa regresar a estados en donde el tiempo se quedó detenido y el teatro está casi por completo intacto (en su estancamiento). Y más sorprendente resulta en aquellos en los que sus universidades han desarrollado planes de estudio y puesto en marcha carreras para formar teatristas sin modificar la calidad del quehacer profesional. No son pocos estos casos, aunque no a todos corresponda el fenómeno. A nivel nacional es obvio que urge que las plantas docentes se profesionalicen, pero no es el único motivo de que ciertas regiones del país no alcancen un desarrollo artístico más elevado. Las preguntas que pueden surgir de este estado de cosas ya estaban ahí hace 30 años y no tienen respuestas sencillas.

Casi siempre nos enfrentamos, por la parte de las instancias de cultura de los estados, con un menor desarrollo artístico, con poca claridad o ausencia de políticas públicas en la materia. Y los sexenios van y vienen sin planes de mediano y largo plazo. Las alternancias partidistas en el poder tampoco han ayudado, porque si con partido único los relevos sexenales eran borrón y cuenta nueva, con los cambios de bandera viene el revanchismo. Ahí (y casi en toda la República), los teatros institucionales están al servicio del teatro comercial y no de los grupos artísticos locales, a los que se les suelen cobrar rentas impensables para mostrar (en las peores condiciones posibles) su trabajo artístico.