23 de julio de 2014 / 06:38 p.m.

"Entre lo sublime y el ridículo solamente hay un paso", dijo Napoleón Bonaparte al mariscal Joachim Murat, ante la derrota y la retirada de la batalla perdida en Waterloo, Bélgica, la tarde del 18 de junio de 1814, rindiéndose y marcando el fin del imperio francés.

Las palabras del emperador las hizo suyas Fréderick Salibá, corresponsal de Le Monde de París, al ver la actuación de un futbolista que, según la FIFA, hasta el 6 de julio de 2014, había sido considerado el mejor jugador del vigésimo Campeonato Mundial.

El 28 de junio, en juego de octavos de final contra Chile, ese rubio de 1.90 de estatura, número 4 de la selección de Luiz Felipe Scolari, central del Chelsea de Inglaterra, marcó dos tantos que, impecables y determinantes, provocaron inmensa ilusión en la "torcida".

El primero en ese encuentro de infarto fue a los 18 minutos del juego, y el otro en la serie de penales, concluyendo su actuación como goleador al dar el triunfo a Brasil, el 4 de julio, en el 2-1 ante Colombia, para avanzar a la semifinal contra Alemania.

Hasta ahí, defendiendo y atacando, las actuaciones de David Luiz Moreira Marinho habían sido sublimes; pero el ridículo llegó en la despedida del cuadro anfitrión al aceptar el segundo gol de Holanda, que tuvo en Daley Blind al atacante que, con Giorgino Wijnaldum, envió a Brasil a un cuarto sitio.

Cuatro años antes, convocado para actuar en el décimo noveno torneo mundialista en Sudáfrica 2010 –en el cual no jugó ni un minuto, viendo a sus compañeros desde la banca- David Luiz volvió a su país, aterrizó en el Benfica portugués y entró al estrellato del balompié europeo.

Nacido en Diadema, suburbio de Sao Paulo, el 22 de abril de 1987, con una adolescencia complicada y precaria, probó suerte como medio recuperador en el Vitória de Bahía, sustituyó a un central y se quedó con el puesto, destacando por su juego aéreo, estatura, presencia física y técnica depurada.

En 2007 ya estaba en las águilas lisboetas –"soy benfiquista eterno", dijo-, distinguiéndose como un muchacho alegre, comunicativo, atento, fotogénico, mediático, bien parecido, elocuente, popular entre los tuiteros con tres y medio millones de amigos en las redes sociales.

Fue la pareja frecuente de Thiago Silva en los llamados de "Felipao" a la selección: primero en el certamen sudafricano y, por supuesto, titular antes, durante y después de la Copa Confederaciones 2013, cuando Brasil se coronó con un 3-0 sobre España.

Con ellos en el campo, la seleçao tuvo un porcentaje de triunfos del 85 %, reducida al 50 % cuando no estaban, y seguramente por eso, al llegar la hora soñada, el 12 de junio de 2014, fecha inaugural de la Copa del Mundo Brasil 2014, tuvieron excelente desempeño ante Croacia, a pesar del autogol de Marcelo y la ayuda arbitral.

Después, por la lesión de Neymar y las actuaciones irregulares de Fred en la delantera, Brasil tuvo que encomendarse a David Luiz y Thiago Silva, con la orden de "Felipao" de tirar de lejos -marcaron dos goles a Colombia-, ordenar al cuadro y dar pases largos a "Hulk" y Óscar, seguro de que ambos serían los líderes en el partido contra Alemania en Belo Horizonte.

Sin embargo, recuerda Fréderick Salibá, ocurrió lo contrario: la zaga hizo agua, convirtiéndose en algo irreconocible que, inerme, defraudó antes de la media hora de transcurrido aquel juego histórico por su resultado, cuando la nación entera esperaba la victoria y el arribo a la final en el estadio de Maracaná.

David Luiz Moreira –quien había anunciado que "esta Copa del Mundo no se nos escapa"- lloró sin parar, mostrando una imagen lastimosa al mundo y dando la razón a Napoleón Bonaparte y también a Rinus Michaels, inventor del "futbol total", autor de otra frase célebre.

"El futbol –dijo el técnico holandés- es el deporte más bello y engañoso que existe", en palabras que debe aprender David Luiz en su futuro desempeño en el París Saint Germain, junto a Thiago Silva, para integrar la dupla de centrales más cara de la historia del futbol moderno.

NOTIMEX