9 de marzo de 2014 / 11:35 p.m.

Con 1-0 en contra y 17 minutos por jugarse, Neymar abandonó el sábado la cancha del Valladolid cabizbajo y sin excesiva urgencia, como si la inminente derrota del Barcelona no fuera con el fichaje más caro de la historia del club catalán.

El brasileño, autor de tres goles con su selección apenas tres días antes, acababa de jugar su peor partido con la camiseta azulgrana. Pasivo y desacertado, tan solo destacó un error impropio con todo a favor que bien hubiera podido servir de punto de inflexión.

Pocas secuencias como su anémica salida del Nuevo Zorrilla, estadio de histórico significado para el Barsa, retratan mejor la aparente dimisión del vigente campeón de la liga española en el campeonato, donde actualmente marcha tercero con 63 puntos, cuatro menos de los que suma el líder Real Madrid tras vencer el domingo por 3-0 al Levante.

También evidenció la creciente desconexión con el timonel argentino Gerardo Martino, quien le relevó por el canterano Christian Tello, el segundo de tres cambios que tan solo contribuyó a acelerar el desaguisado del Barsa en Valladolid; y por extensión, la liga.

El equipo azulgrana, que el miércoles recibe al Manchester City por la vuelta de octavos de final de la Liga de Campeones con ventaja de 2-0, se ha dejado 13 de los últimos 27 puntos en disputa en el torneo doméstico, acumula dos derrotas seguidas fuera de casa y ha empezado perdiendo en seis de sus últimas siete salidas, claro síntoma de su falta de asertividad.

Su último descarrilamiento en Valladolid, donde solo el astro Lionel Messi creo cierto peligro, aunque sin apenas esfuerzo ni tampoco el premio de otras ocasiones, vino a confirmar que la tendencia decadente del Barsa, más que un accidente, parece una muerte anunciada.

Pocos esperaban que la transición de equipo de época bajo la batuta del técnico Pep Guardiola, con la conquista de 14 títulos en cuatro años, resultara libre de traumas. Pero el 7-0 global infligido por el Bayern Munich en las últimas semifinales de la Champions fue un duro despertar de tan lindo y largo sueño.

La grave enfermedad de su sustituto Tito Vilanova, ausente en largos tramos de la temporada pasada, sirvió de justificante a un plantel y una directiva que rehuyeron entonces la autocrítica y recogen hoy los frutos amargos de un discurso sembrado sin sentido ni pasión.

La falta de tensión percibida ya en el último curso de Guardiola se acentuó sin la presencia constante de Vilanova y los futbolistas, con Messi a la cabeza, acabaron rotos física y anímicamente.

Pero solo el primer argumento se exhibió como causa, apuntando al remedio de las rotaciones y refuerzos rejuvenecedores; como sí el reencuentro con el éxito dependiera solo del rebosante talento individual y una mejor administración de recursos. La paliza del Bayern no fue considerada internamente un correctivo, sino más bien una cuestión de poderío y mayor frescura. Algo normal dadas las singulares circunstancias que envolvían por entonces al Barsa.

La frustrada vuelta de Vilanova, quien dejó el cargo en plena pretemporada, precipitó el arribo de Martino, fichaje personal del ya ex presidente Sandro Rosell y con supuesto visto bueno de Messsi.

Se trajo también a Neymar con la clara intención de ofrecer variantes ofensivas al rosarino, tan exigido el curso anterior que acabó desfondado; pero el club renegó nuevamente de la incorporación de un central de garantías que diera relevo al capitán Carles Puyol y apretara las clavijas al disperso Gerard Piqué. También se alargó el crédito al volante Cesc Fábregas, decepcionante en su segunda campaña de azulgrana y llamado a tomar el testigo del internacional Xavi Hernández.

Neymar, Piqué y Fábregas fueron los tres sustituidos el domingo, una vez el Barsa permitió gol en una jugada de balón parado, donde ha concedido ocho de sus 22 tantos encajados.

La sangría defensiva no ha logrado soliviantarla el arquero Victor Valdés, excelente en al arranque de campaña pero tan desorientado como el resto en el tramo decisivo, cuando se suponía que los futbolistas debían responder a los escépticos.

Pero más que carencias, el equipo viene exhibiendo en 2014 una alarmante falta de rumbo y pasión necesaria para revertir situaciones adversas. Una vez Rosell dimitió por la polémica sobre el coste real de Neymar, la falta de timón institucional ha percolado a todos los estamentos del club incluido el banquillo, donde Martino es cada vez más cuestionado, tanto dentro como fuera de la caseta.

Sus recientes bandazos, en especial la falta de confianza continuada en hombres como Andrés Iniesta y la extraña alineación en la derrota contra la Real Sociedad hace tres fechas, cuando acabó expulsado, le restaron crédito a ojos de los aficionados y los propios protagonistas, quienes transmitieron un pésimo lenguaje corporal en Valladolid y en ningún momento ejercieron la presión avanzada que el técnico pregonó el día de su presentación.

El último revés, al tiempo que el exazulgrana David Villa marcada dos goles para poner transitoriamente líder al Atlético de Madrid y el Bayern de Guardiola goleaba 6-1 al Wolfsburgo en Alemania, exhibió tanto a técnico como jugadores.

"No faltó actitud. Faltaron ideas. Nos pudo la impotencia", esgrimió Martino.

La interpretación más surrealista, una prueba más del desgobierno entre bastidores, la produjo Valdés, quien evitó pronunciarse ante los medios pero se autograbó un mensaje desde la zona del lavatorio dirigido a las redes sociales.

"Nos vamos decepcionados. Hay que intentar pasar página y ganar al City", apuntó el arquero, al tiempo que se escuchaba el accionamiento de un inodoro cercano, evocador de múltiples simbolismos sobre el destino de este irreconocible Barsa, que ya no depende de sí mismo en la liga y visita al Madrid dentro de 15 días.

AP