EFE
15 de julio de 2013 / 12:37 p.m.

 La ruptura de Picasso con todos los prejuicios y códigos sobre la representación del desnudo y el erotismo impregnan de libertad y sensualidad la muestra del centro artístico de La Malmaison de Cannes, en la Costa Azul francesa.

El desnudo en libertad, que puede visitarse hasta el 27 de octubre, reúne 120 obras de la colección privada de la nieta del pintor, Marina Picasso, entre las que hay dibujos, grabados en tinta china, óleos y piezas de cerámica.

Las obras exhibidas descubren una escenografía en la que el espacio pintado desprende un erotismo intenso ya en los primeros lienzos concebidos por Pablo Picasso (Málaga, 1881- Mougins, 1973) durante su corta estancia en Barcelona.

""La educación sexual del artista empieza en la calle de Aviñón de Barcelona y es precisamente en este momento cuando perfila sus primeros dibujos eróticos que anunciaban los periodos azul y rosa, desarrollados años más tarde en París"", declaró el curador de la exposición, Frédéric Ballester.

Sus últimos días como adolescente encendieron a un pintor fascinado por la representación de un cuerpo femenino sugerente y dispuesto en posturas inimaginables, como ocurre con la bailarina asiática del Nu aux bas noirs (1899), que únicamente lleva unos zapatos de tacón sobre provocativas ligas oscuras.

La francesa Fernande Olivier fue el primer amor del malagueño y su primera musa, con la que descubrió la sexualidad pero también se inició en la maestría de las líneas clásicas y las sombras.

""Era eminentemente inventivo, nunca hizo posar a ninguna de las mujeres. Se las imaginaba en su cabeza y las trasladaba a sus lienzos. Aunque algunas cuentan que, como trabajaba a altas horas de la madrugada, solía destaparlas mientras dormían para precisar sus formas antes de plasmarlas"", concretó Ballester.

Los estudios que realizó el artista antes de componer en 1907 Las señoritas de Aviñón, considerada la primera obra cubista, desvelan una concepción geométrica que no guarda ninguna relación con el modelo.

Cierran la muestra los jarrones, cuencos y vasijas de porcelana —colmados de la anatomía de las amantes del artista— que oscilan entre la pintura y la escultura, y que corroboran la genialidad y maestría de Pablo Picasso.