28 de junio de 2013 / 02:28 p.m.

México• Medio siglo ha transcurrido desde que el primer lector se encontró con la historia de La Maga, seguramente se enamoró de ella, una vida que de siempre le ha pertenecido a Edith Aron, esa hermosa alemana que pasó por la vida de Julio Cortázar y se quedó inmortalizada en el personaje de una novela, Rayuela, que ha marcado a generaciones de lectores y escritores.

Una historia que no es nueva, pero que se recupera en los festejos por el 50 aniversario de la aparición de la obra emblemática del escritor argentino: se trata de una mujer que ya supera los 85 años de edad, y rechaza de manera firme ser La Maga, pero más como un hecho anecdótico o por su particular esfuerzo de ser reconocida por lo que es y no por lo que supuestamente inspiró, aunque al final el mismo Cortázar le dijo la verdad, o por lo menos eso es lo que ha declarado en diferentes entrevistas.

Es real que se conocieron. Edith Aron nació en una población de la frontera alemana con Francia, el Sarre, en 1927; por su origen judío, emigró con su madre a Buenos Aires y cuando decidió regresar a Francia, para ver a su padre que se había salvado de la persecución nazi, comenzó a trabajar en el azar que mueve mundos.

Viajó en el Conte Biancamano, el mismo barco que llevaba a Julio Cortázar a su primera incursión en París: no se hablaron, lo vio a lo lejos, atraída por la figura de ese hombre alto, delgado, joven, que no pronunciaba bien la erre.

Después viene esa trama en la que no sabe a ciencia cierta dónde empieza la ficción y termina la realidad: Edith recuerda haber encontrado a Cortázar por lo menos dos veces antes de intercambiar sus primeras palabras, durante la proyección de Juana de Arco, si bien la relación comenzó a gestarse a partir de una reunión, de nueva cuenta azarosa, en las inmediaciones de los Jardines de Luxemburgo —por cierto, ella fuma Gitanes.

Luego vinieron los encuentros para almorzar, el deslumbramiento ante la inteligencia y la imaginación de Cortázar, según confesara Edith, los juegos que inventan o los rituales que desarrollan. La despedida, tantas veces contada:

“Cierta noche Cortázar me dijo que Aurora (Bernárdez) vendría a pasar fin de año a París, y me preguntó qué era más importante para mí, Navidad o Año Nuevo. No sé por qué le dije que Año Nuevo, que Navidad la iba a pasar con mi papá. Cuando nos volvimos a ver, él había pasado Navidad con Aurora y se había decidido por ella. Fue sólo al perderlo que me di cuenta de que lo quería”, confesaba al periódico argentino La Nación (2004).

La historia no tuvo un final feliz. Edith Aron jamás pudo perdonarle que no la apoyara a publicar algunos de sus cuentos que había traducido al alemán. Se sintió traicionada, sobre todo al descubrir las razones de que la vetara, al editarse las cartas entre el escritor y Francisco Porrúa, su editor.

Se vieron en la Feria Internacional del Libro de Fráncfort alguna vez y, el azar de nuevo, en una estación del Metro de Londres. Cortázar, que siempre creyó en las casualidades, le pidió verse al día siguiente. Ella sólo se despidió y se bajó en la siguiente estación.

Quizá por todo ello afirma contundente que ella no es La Maga, que su nombre es Edith Aron, traductora y autora de dos libros. Pero al final queda la memoria escrita: Julio Cortázar le escribió para contarle que La Maga estaba inspirada en ella, incluso muchos pasajes de la novela sucedieron en la realidad; Edith suele decir convencida que La Maga es un personaje literario, si bien reconoce que no está tan lejor de esa mujer “con el cabello despeinado que viste medias negras, calza zapatos rojos, fuma Gitanes y hace ensaladas azules.

“Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a La Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas…”.

JESÚS ALEJO SANTIAGO

Dedicada a la escritura y a la traducción, la mujer que dio origen al personaje de la novela del escritor argentino aún vive.

 

México• Medio siglo ha transcurrido desde que el primer lector se encontró con la historia de La Maga, seguramente se enamoró de ella, una vida que de siempre le ha pertenecido a Edith Aron, esa hermosa alemana que pasó por la vida de Julio Cortázar y se quedó inmortalizada en el personaje de una novela, Rayuela, que ha marcado a generaciones de lectores y escritores.

Una historia que no es nueva, pero que se recupera en los festejos por el 50 aniversario de la aparición de la obra emblemática del escritor argentino: se trata de una mujer que ya supera los 85 años de edad, y rechaza de manera firme ser La Maga, pero más como un hecho anecdótico o por su particular esfuerzo de ser reconocida por lo que es y no por lo que supuestamente inspiró, aunque al final el mismo Cortázar le dijo la verdad, o por lo menos eso es lo que ha declarado en diferentes entrevistas.

Es real que se conocieron. Edith Aron nació en una población de la frontera alemana con Francia, el Sarre, en 1927; por su origen judío, emigró con su madre a Buenos Aires y cuando decidió regresar a Francia, para ver a su padre que se había salvado de la persecución nazi, comenzó a trabajar en el azar que mueve mundos.

Viajó en el Conte Biancamano, el mismo barco que llevaba a Julio Cortázar a su primera incursión en París: no se hablaron, lo vio a lo lejos, atraída por la figura de ese hombre alto, delgado, joven, que no pronunciaba bien la erre.

Después viene esa trama en la que no sabe a ciencia cierta dónde empieza la ficción y termina la realidad: Edith recuerda haber encontrado a Cortázar por lo menos dos veces antes de intercambiar sus primeras palabras, durante la proyección de Juana de Arco, si bien la relación comenzó a gestarse a partir de una reunión, de nueva cuenta azarosa, en las inmediaciones de los Jardines de Luxemburgo —por cierto, ella fuma Gitanes.

Luego vinieron los encuentros para almorzar, el deslumbramiento ante la inteligencia y la imaginación de Cortázar, según confesara Edith, los juegos que inventan o los rituales que desarrollan. La despedida, tantas veces contada:

“Cierta noche Cortázar me dijo que Aurora (Bernárdez) vendría a pasar fin de año a París, y me preguntó qué era más importante para mí, Navidad o Año Nuevo. No sé por qué le dije que Año Nuevo, que Navidad la iba a pasar con mi papá. Cuando nos volvimos a ver, él había pasado Navidad con Aurora y se había decidido por ella. Fue sólo al perderlo que me di cuenta de que lo quería”, confesaba al periódico argentino La Nación (2004).

La historia no tuvo un final feliz. Edith Aron jamás pudo perdonarle que no la apoyara a publicar algunos de sus cuentos que había traducido al alemán. Se sintió traicionada, sobre todo al descubrir las razones de que la vetara, al editarse las cartas entre el escritor y Francisco Porrúa, su editor.

Se vieron en la Feria Internacional del Libro de Fráncfort alguna vez y, el azar de nuevo, en una estación del Metro de Londres. Cortázar, que siempre creyó en las casualidades, le pidió verse al día siguiente. Ella sólo se despidió y se bajó en la siguiente estación.

Quizá por todo ello afirma contundente que ella no es La Maga, que su nombre es Edith Aron, traductora y autora de dos libros. Pero al final queda la memoria escrita: Julio Cortázar le escribió para contarle que La Maga estaba inspirada en ella, incluso muchos pasajes de la novela sucedieron en la realidad; Edith suele decir convencida que La Maga es un personaje literario, si bien reconoce que no está tan lejor de esa mujer “con el cabello despeinado que viste medias negras, calza zapatos rojos, fuma Gitanes y hace ensaladas azules.

“Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a La Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas…”.

JESÚS ALEJO SANTIAGO