HUMBERTO RÍOS
28 de julio de 2013 / 05:04 p.m.

Puerto Peñasco • Precede al Gran Desierto de Altar y El Pinacate, asentados en 714 mil 500 hectáreas, una carretera de escenarios ardientes que parte de Mexicali, Baja California, y pasa por San Luis Río Colorado, Sonora, con 45 grados centígrados, hasta llegar aquí, puerta de la Reserva de la Biosfera donde cohabitan especies en peligro de extinción, como el berrendo y el borrego cimarrón, que sobrevivieron a la puntería de cazadores furtivos y de quienes devastan el entorno, sin hablar de una sequía que en 23 meses mató a 60 de los 113 antílopes que había.

Y atrás va quedando el ondulado paisaje, 120 kilómetros de dunas y planicies donde asoman hebras de basura, que rivalizan con matorrales grisáceos y crestas de bolsas de material sintético que el hombre, como especie multiplicada, arroja, y allá, distanciadas unas de otras, se divisan endebles casas de madera para acampar y barcas a la deriva, algunas en medio de endebles cercos, desgastadas, podridas, que parecen haber sido arrastradas por borrascas.

Todo aquí es sequedad y marañas. De vez en cuando, paralela a la carretera, aparece la vía del tren —espinazo de rieles negros y bordos grises—, que cruza la alfombra blancuzca hacia la frontera, mientras la cinta de asfalto reverbera por la Sierra Blanca y sus flujos de lava solidificada, y después de horas se llegará aquí, a la decretada, desde hace 20 años, Reserva de la Biosfera El Pinacate y el Gran Desierto, con escalas en la Estación Biológica el Centro de Visitantes.

Es la antesala para entrar a El Pinacate, de 250 mil hectáreas de campo volcánico y burbujas de piedra, rodeado por el Gran Desierto de Altar, mismo que tiene una extensión de 500 mil hectáreas de dunas móviles, ahora surcadas por la camioneta de Israel Barba, técnico operativo de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, (Conanp), quien, conocedor del terreno, se aferra al volante y entre tumbos hace rodar el vehículo por los meandros de las dunas.

Los 35 grados que prevalecen, comentan funcionarios de la dependencia oficial, es una temperatura "atípica", pues en el desierto, normalmente, oscila entre los 50 y 55 grados centígrados, y se recomienda no andar a la intemperie de las 11:00 a las 15:00 horas, comenta Federico Godínez Leal, ingeniero agrónomo zootecnista y director de la Reserva de la Biósfera El Pinacate y el Gran Desierto de Altar.

El funcionario recuerda que el berrendo, o antílope americano, es una especie en extinción; por eso el gobierno de México, a través de la Conanp, trabaja con el de Estados Unidos, concretamente con autoridades de Arizona, para conservarla, pues su hábitat abarca ese estado vecino.

De 113 berrendos que había solo quedaron 53, debido a que el resto murió durante una sequía que duró 23 meses, comenta Godínez Leal, quien asegura que en la sierra habitan 320 borregos cimarrones.

La camioneta se bambolea y esquiva cunetas, matorrales y plantíos de canutillo, propios de esta zona, hasta llegar en las orillas, y es cuando habrá que bajarse y ascender a pie las dunas que se agigantan mientras más se avanza.

Y ya en la cima de las dunas, casi en el lomo del desierto, apenas se vislumbran las aguas del Mar de Cortés, así como El Pinacate —llamado así por el insecto negruzco que prolifera en la zona—, "con 10 cráteres gigantes y más de 400 conos volcánicos que por casi 2 millones de años arrojaron los flujos de lava".

El Gran Desierto de Altar, ilustra el ambientalista Fernando Sariñá, desde la cresta de una gran duna, "es el desierto más seco del país, además de que tiene la característica formidable de tener una zona volcánica estupenda, extraordinaria, de una formación de conos volcánicos, cráteres y formaciones de lava espectaculares".

 

La descripción es completada por el ingeniero Godínez: "El desierto de dunas rodea totalmente el escudo volcánico, de tal manera que en una foto aérea o satelital se puede ver claramente la figura de El Pinacate, en forma de corazón, que lo rodea una mancha blanca, que es el Desierto de Altar".

Y hay que descender, para luego dirigirse hacia la franja volcánica; pero antes habrá que transitar por las faldas y observar el cambio de vegetación sobre una gruesa capa de ceniza milenaria, donde crecen chamizos voladores, aunque el cactus que predomina es el sahuaro, explica el ingeniero Godínez, mientras avanza y se emociona, para luego pararse y detallar:

—El paisaje va cambiando drásticamente: hay partes donde predomina el sahuaro; otras, la gobernadora, que es un matorral. Son ecotonos. Hay 540 especies de plantas vasculares —añade—, entre ellas los cactus.

—Y también cambia según la época…

—Sí —responde, en medio de la acuarela que describe—, porque vienes en marzo, por las lluvias de invierno, y ves una alfombra de florecitas rosas sobre el suelo negro.

Y ya en el borde del cráter El Elegante —de mil 600 metros de diámetro y 250 de fondo—, con 32 mil años de antigüedad, Godínez explica que éste forma parte ocho boquetes gigantes, “que tuvieron alguna vez agua”.

Y es de los más pequeños.

En dos días no se avistan berrendos ni borregos cimarrones, que, dicen funcionarios, deben andar en la sierra; una liebre orejona, si acaso, y un conejo que, asustado, observa de lejos y zigzaguea entre familias de cactus y matorrales.