21 de noviembre de 2013 / 11:28 p.m.

Por Pbro. Dr. Pablo César Mejía Vara/padrepablomejia@gmail.com

La argumentación sobre la eutanasia subraya que es fundamental partir de una clara concepción de la dignidad humana y del valor sagrado de la vida. Sin embargo, para ello es necesario tener una visión del hombre como hombre, el ser humano en cuanto ser racional no puede prescindir de una autoconcepción sólida de su identidad como persona. Por tanto la emergencia supera las fronteras de una voluntad acosada por una situación vulnerable, de una enfermedad, y apunta hacia un verdadero concepto de la libertad del hombre. Nuestra sociedad posmoderna se afana en una lucha por la independencia ética; en el campo de la medicina la autonomía moral se justifica a manera de principio y derecho, en muchos casos separado de la verdad de la persona humana y el valor de la vida.

Frente a la difícil interpretación de un cuadro contemporáneo, apremia la necesidad de una verdadera respuesta de la medicina y la biotecnología como servicio a la vida y la dignidad de la persona humana y de toda persona humana. Es necesario pensar el problema de la vida y de la muerte a partir del hombre como persona. La sociedad atraviesa hoy por una crisis de sentido, una crisis de valores que pone en riesgo el verdadero significado de la vida del hombre.

La enfermedad y el sufrimiento, sea físico o moral—, se convierten en pretexto para que una persona decida sobre su propia muerte. La sacralidad de la vida se halla amenazada por un relativismo moral que absolutiza la libertad del hombre, al grado de que éste decide sobre el destino final de su existencia. En el ámbito de la cultura posmoderna parece que el hombre, autónomo, olvida que la libertad no es la última palabra. La auténtica libertad es para un compromiso responsable. El cómo, el cuándo y el dónde morir, son un asunto privado en una sociedad como la nuestra, apoyado en una idea falsa de muerte digna.

Una reciente declaración del teólogo alemán Hans Küng, revela su opinión a favor de la eutanasia: "No quiero seguir viviendo como una sombra de mí mismo... El ser humano tiene el derecho a morir cuando ya no tiene ninguna esperanza de seguir llevando lo que según su entender es una existencia humana... No estoy cansado de la vida, sino harto de vivir".

Hoy por hoy, se escucha con frecuencia en los medios hablar y opinar sobre cuestiones de bioética, sin una auténtica referencia antropológica que sirva de fundamento, y respete el valor sagrado e inviolable de la vida humana y la dignidad de la persona. Ciertamente el problema es antropológico, como todos los problemas puesto que son en relación al hombre, una cuestión a un tiempo filosófica y teológica. El hombre posee una dignidad que le hace ser distinto de las cosas y de todo lo que existe, un ser racional, espíritu encarnado. «La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta "la acción creadora de Dios" y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término» (Juan Pablo II, Encíclica Evangelium vitae, 53).

Originalmente por «eutanasia» se entiende el arte de la muerte buena y dulce. En el uso normatizado se define como muerte sin sufrimiento físico y, en sentido restrictivo, la que así se provoca voluntariamente. De ahí la relación al etimológico de muerte dulce o buen morir. El término tiene su raíz en el mundo grecorromano. Deriva directamente del griego eu (bueno) thanasia (morir), morir bueno. Junto a este sustantivo se encuentra el verbo euthanatéo (morir bien), y el adjetivo euthanatós (el que ha muerto bien).

En el sentido verdadero y propio, por eutanasia se entiende "una acción o una omisión que por su naturaleza, y en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor" (Juan Pablo II, Encíclica Evangelium vitae, 65). En el lenguaje propagandístico se habla de «morir con dignidad». Sin embargo, se sabe que la expresión encubre una acción que atenta directamente contra la vida, un homicidio, y que en ciertos casos algunos denominan suicidio asistido. No se ayuda a la persona, se busca eliminar el sufrimiento matando a la persona. La eutanasia es un crimen. Se trata de una acción mala, independientemente de las intenciones y las circunstancias, porque se opone a la vida.

La eutanasia activa, también llamada directa, puede ser voluntaria, o no-voluntaria. En ambos casos se refiere a situaciones en las que no se respeta el valor de la vida humana y por lo tanto se impone la muerte (a uno mismo o a otro) en la fase final de la vida. Un ejemplo de eutanasia activa voluntaria, pueden ser enfermos con lucidez mental que solicitan que se les mate para liberarse de sus sufrimientos físicos o morales porque los consideran insoportables. Atendiendo a sus deseos, alguien los mata intencionadamente. Podría también definirse como homicidio por requerimiento. Cuando se plantea el debate, suele ponerse el ejemplo de los enfermos terminales, aunque la eutanasia se realice también con otros pacientes. Se considera activa y no-voluntaria la eutanasia, en el caso de enfermos que por cualquier razón no pueden dar su consentimiento, sin ser considerados clínicamente desahuciados, es decir, con posibilidades de vivir (personas ancianas, personas mentalmente vulnerables, bebes recién nacidos con problemas). Dentro de esta categoría se encuentra el suicidio profesionalmente asistido.

La eutanasia pasiva consiste en inducir deliberadamente a la muerte, mediante la supresión del tratamiento necesario para mantener la vida. La eutanasia pasiva también llamada por omisión, se practica por la vía natural, mediante la supresión de la alimentación o la hidratación, cuidados moralmente imprescindibles para cualquier enfermo, o bien, por métodos más sofisticados, como la eliminación del respirador artificial. Esto es distinto a la limitación del esfuerzo terapéutico, que no es eutanasia, porque se considera al enfermo en fase terminal. La sedación terminal es un paliativo que no pretende la muerte sino mitigar el dolor, bajo el influjo de un fármaco. Se entiende a manera de un coma inducido, para que el enfermo terminal tenga menos conciencia del dolor ante la inminente llegada de la muerte.

El debate por la eutanasia y el derecho a morir con dignidad, se ha hecho eco en el marco intelectual de una "cultura de muerte" que rige la conciencia y el pensamiento débil de nuestra sociedad contemporánea. Es imposible conjugar los valores que propone y defiende el relativismo moral de nuestro tiempo, con la verdad sublime del Evangelio de la vida inscrita en la naturaleza humana. El paradigma de una nueva propuesta ética civil y universal laica, autónoma, no se perfila como una amenaza para el futuro, sino que se ha filtrado ya en el aquí y ahora de muchos ambientes con un lenguaje confuso y persuasivo, eclipsando el esplendor de la verdad para la que ha sido creada la persona humana. No faltan hoy asociaciones que promueven una falsa concepción del bienestar que excluye cualquier tipo de sufrimiento. La eutanasia es signo de una pérdida de sentido del sacrificio en la experiencia humana. Hoy la vida digna se mide en base a la ausencia de dificultades. En la axiología de nuestro mundo contemporáneo el dolor no tiene significación. ¿Para qué sufrir?

La argumentación sobre la eutanasia subraya que es fundamental partir de una clara concepción de la dignidad humana y del valor sagrado de la vida. Además, es importante tener una idea clara y precisa del concepto. En la actualidad la ética secular ha influido fuertemente en la moral cristiana. La eutanasia es vista hoy por muchos como algo normal para la dignidad de los últimos días de una persona, enferma o sana. Más aún, la eutanasia es considerada por algunos como un «derecho» para morir con dignidad.

Existen muchas personas que ignoran lo que verdaderamente es la eutanasia, o bien, que carecen de una idea clara y precisa sobre la misma. El problema existe. La eutanasia es una cuestión que compete a todos (especialmente al enfermo, la familia, los médicos, agentes sanitarios, el Estado) y que exige una atención cuidadosa. La cultura eutanásica del "bien morir" penetra con fuerza e incide tanto en la cultura y en las leyes de diversas naciones, así como en el proceder de la ciencia médica y el decidir moral de la persona. Desde el punto de vista ético la eutanasia atenta contra el valor sagrado e inviolable de la vida humana. La vida es un don que Dios nos da y que debemos siempre cuidar, especialmente en los momentos de mayor vulnerabilidad.

Hoy más que nunca es urgente una educación que respete el valor de la vida y la dignidad de la persona, que permita al hombre re-descubrir el verdadero sentido del sufrimiento humano. El sufrimiento en unión con Cristo transforma. En el sufrimiento "se esconde una particular fuerza que acerca interiormente al hombre a Cristo, una gracia especial" (Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici doloris, 26). Hagamos honor al Evangelio, en la defensa de la vida, proclamando con una actitud eclesial que la vida humana es sagrada.