JOEL SAMPAYO CLIMACO
26 de febrero de 2012 / 02:48 p.m.

Santiago • Con cuchillo en mano, don José de la Paz Saucedo se abre paso entre la amenazante presencia de las espinas de un nopal y un maguey. Después de un rato, obtiene su trofeo.

Al fondo de su maguey, en una cañada al pie de la sierra, en San José de las Boquillas, en Santiago, Nuevo León un cuadro verde del tamaño de media cancha de futbol llama la atención.

Es ajo que cosechará a la entrada de la primavera, claro, si no vienen heladas, granizadas o plagas.

A un lado, una pequeña huerta con cebolla, calabaza, cilantro, le da lo suficiente para las necesidades de la casa.

Afuera, los coconitos escandalizan ante la presencia del extraño; con la venta de las 10 crías de una pareja de pavos, el matrimonio formado por don José de la Paz y su esposa Graciela obtendrá algunos recursos.

Mientras tanto, los vecinos preparan conservas de frutas, destilan mezcal o elaboran dulces para los turistas que suelen llegar en temporadas de vacaciones.

Las primas Graciela y Roma Saucedo amasan el pan antes de exponerlo al horno de leña y se muestran agradecidas con lo que el destino les ha dado, sea bueno o malo.

Siguiendo rigurosamente las tradiciones de familia, las primas engrasan el "acero", como llaman al recipiente en el que procesarán el pan amasado con harina de trigo, anís, huevo, leche y azúcar morena, luego, lo cubren con una tapa metálica con brasas y a esperar pacientemente a que el calor haga el resto.

En rigor, los habitantes de la montaña serían clasificados como pobres, pero la familia Saucedo no se califica así, ya que se sienten bendecidos porque en sus tierras hay agua, pero eso no es todo.

Así, con lo que la naturaleza les brinda y con lo que obtienen de sus manos, la familiaSaucedo se gana la vida en paz, sin maldecir a su destino y, como muchas otras familias, siempre buscando un motivo para agradecer.