ISRAEL MORALES
20 de agosto de 2013 / 03:05 p.m.

Monterrey • Todo sucede en un avión rumbo a Tokio, donde Olga y Luis se conocen a partir de una historia que él le cuenta, cuyo fin erótico es poner en el centro a una adolescente japonesa.

 

Se trata de Tatami (Océano-Hotel de las Letras, 2013), del escritor español Alberto Olmos, una novela que posee el enigma de la sugestión sexual y el poder de la mirada, desenvuelta a manera de diálogo.

 

Esta obra es parte del ciclo Tokio, que incluye Trenes hacia Tokio y El talento de los demás. Tatami además ha sido llevada al teatro y traducida al italiano.

 

¿De dónde nace tu novela Tatami?

En principio, de mi estancia en Japón durante tres años y del mundo de perversión sofisticada que descubrí allí, donde está prohibida la pornografía.

 

¿Por qué Tokio es el epicentro erótico de esta novela?

Ya que iba a ambientar en Japón la novela, me pareció lo más adecuado elegir la ciudad de Tokio como residencia de los protagonistas. También es la ciudad que mejor conozco de Japón.

¿Qué posibilidades te da el tema erótico en Tatami, que en tu obra se desenvuelve y desata a partir de un diálogo?

Justamente al narrarse en forma de diálogo, y además ininterrumpido y dentro de un avión. Los hechos eróticos que se cuentan resultan más sugerentes, pues nosotros como lectores oímos a alguien que cuenta algo, con lo que todo queda algo más alejado y difuminado, y por lo tanto es más atractivo.

 

Que además Tokio es parte de un ciclo que has hecho sobre esta capital, ¿te enriqueció como escritor el vivir en Tokio y dejar además tres obras?

Nunca esperé ser uno de esos escritores que arriman su reconocimiento a un país para ellos extranjero en el que vivan o hayan vivido. No tengo de hecho ningún deseo de que se me empariente con Japón de forma inmediata. Pero lo cierto es que tres años en aquel país dieron para bastante, pues escribí tres o cuatro novelas allí y en otros dos libros, aparte de Tatami, aparece Japón o un japonés con algo de peso en la trama. Pero, ya digo, nada más lejos de mi intención que ser el representante de Japón en el Occidente literario.

 

Tatami ha sido llevada al teatro además, ¿cómo te sientes con este resultado?, ahora editada en México.

Siendo una novela breve, y por tanto modesta en determinados sistemas de pesas y medidas de la escritura, es sin duda mi novela más afortunada, pues también ha sido traducida, amén de esa obra de teatro y, ahora, su llegada a México con Hotel de las Letras. Algo que me hizo y me hace muy feliz.

 

¿Qué te llevó a explorar en el diálogo todas estas posibilidades?

Al principio planteé la novela como un relato en primera persona por parte del varón y voyeur, pero no acababa de gustarme. Entonces probé con que narrara ella y que luego él le dirigiera la palabra en el avión y todo fluyó mucho mejor. Entiendo que al ser un relato sentimental o al menos explorativo los diálogos se adaptan mejor a esa búsqueda de los propios sentimientos, con su capacidad para generar texto a raíz de una réplica o de una pregunta.

 

¿Hay un homenaje a García Márquez o es sólo un apellido, el de Olga desde luego?

Es un chiste sin mayores derivaciones, en realidad.

 

Olga es además un personaje que no lee, pero que es inteligente…

Es joven, algo pacata, muy seria en su idea de la vida y de su carrera profesional. Fue muy divertido hacerla rabiar.

 

¿Cómo concibes el tema del voyeur, puesto que Luis es uno de ellos?

Bueno, es un tema que me interesa mucho. Ya en mi última novela, Ejército enemigo, daba un paso más, o al menos actualizaba el asunto, al llegar a hablar de todas esas webs donde la gente se exhibe gratuitamente o con un coste. Es fascinante cómo evoluciona este asunto, mirar, desear, ser mirado, al compás de la tecnología. Vamos, hablo de revoluciones puntuales y por desgracia ya controladas como la que supuso Chatroulette.com y otras.

 

La idea del objeto del deseo está presente, en ambos casos, ¿cómo desatar esta parte vital en toda literatura erótica, pero sin que éste se halle presente?

Bueno, ya digo que los diálogos ayudaron a alejar el relato de la explicitud más insoportable. Creo en todo caso que las palabras justamente tienen esa capacidad evocadora que, trabajándolas, pueden dar resultados de erotismo vital, como tú dices.