10 de febrero de 2013 / 06:16 p.m.

A pesar de las imágenes del futbolista esparcidas por la ciudad, que buscan hacer coincidir a católicos independentistas y protestantes unionistas, la violencia persiste.

 

 

Belfast, Irlanda del Norte.- George Best con su Balón de Oro o Best anotando aquel histórico sexto gol al Northhampton en 1970. George Best alzando la Copa de Europa o Best con el uniforme de la selección de Irlanda del Norte. En el nuevo aeropuerto de Belfast, decenas de fotografías de este futbolista dan la bienvenida. Mientras los turistas esperan a que bajen las maletas del avión, George Best, en su calidad de “"héroe nacional"”, les sonríe en blanco y negro desde un lejano 1968 y abrazado a Bobby Charlton en el viejo estadio de Wembley. Si algún viajero dudara de su categoría de referencia histórica, el edificio ofrece su nombre como prueba irrefutable: Aeropuerto George Best.

Este hombre, nacido en el barrio protestante de Cregagh, Belfast, en 1946 y fallecido prematuramente en Londres en 2005 a causa de sus excesos etílicos, se convirtió en el máximo jugador de futbol de Irlanda del Norte, pero cobró relevancia política al abogar por una Selección Nacional de toda Irlanda unida.

El 2013 comenzó en Belfast como transcurrió 2012: disturbios, detenidos, bombas de gasolina, cañones de agua y balas de goma. La decisión del cabildo de que la bandera británica ondee solo 17 días al año en el ayuntamiento generó desde diciembre manifestaciones de los protestantes que chocaron contra grupos católicos. El saldo: 65 policías heridos, 90 detenidos y la certeza de que la centenaria guerra político-religiosa de católicos a favor de independizarse contra protestantes pro la unión con la Gran Bretaña mantiene a Belfast con heridas abiertas.

El año pasado se cumplió en Belfast un siglo del Pacto de Ulster, mediante el cual los irlandeses protestantes acordaron defender (política y bélicamente) su derecho a permanecer fieles y unidos al imperio de Gran Bretaña. Es una fecha simbólica en su guerra contra los católicos independentistas, que rechazan al imperio británico.

A 100 años de distancia, el gobierno de la ciudad ha intentado cicatrizar las huellas de esta guerra con ayuda de una de las pocas cosas que une a los irlandeses: su mejor futbolista de la historia. Por eso el nuevo aeropuerto se llama precisamente como él y por eso lo han utilizado para sustituir los famosos murales bélicos, pintados en casas donde se cuenta la historia de las batallas entre ambos bandos. Desde hace un par de décadas estas pinturas se convirtieron en atracción turística y en modo de vida para algunos taxistas que cobran 20 libras por un recorrido de tres horas. Se anuncian por internet y el tour incluye la visita a barrios independentistas donde los católicos pintan a sus héroes (Bobby Sands, Brendan Hughes), y a zonas unionistas, donde los protestantes pintan a los suyos (Stevie Top Gun McKeag, la División 36 del Ulster).

Hace dos años el Consejo del Arte de Irlanda decidió borrarlos. Y en su lugar, pintar figuras deportivas. Aunque en el repintado de murales se buscó la colaboración de organizaciones vecinales, solo los murales de Best sobreviven. El resto de las pinturas pacifistas ha sido desdeñado. En la zona unionista los vecinos borraron uno de estos murales deportivos promovidas por el Consejo de Arte; en su lugar repintaron la pared de amarillo y colgaron la bandera de Gran Bretaña. Un par de ancianas que cargan sus bolsas de comida explica la decisión vecinal con una frase lapidaria: “No se puede repintar la historia”. En ese mismo muro hay un grafiti que les da la razón: “Liberen a los seis prisioneros de Lower Shankill”. Y luego una suástica nazi.

Del otro lado de la ciudad, en el barrio también protestante de Cregagh, una joven pasea en carreola a su hija justo frente al mural que desde hace un año preside George Best. “Este mural deportivo —dice la mujer— fue una idea del gobierno. Pero si raspas la playera de Best, encontrarás las ametralladoras de los soldados de la Unión de Defensa del Ulster”.

Los disturbios de este enero por la restricción a la bandera británica en edificios públicos son la parte más superficial de las heridas de la guerra. Una más profunda y evidente es la valla que divide a los barrios unionistas protestantes de los separatistas católicos: primero fue un muro, luego una reja sobre el muro y ya sobre la reja, alambre de púas. A mitad de la avenida Finaghy hay una puerta de metal que se abre a las siete de la mañana y cierra a las nueve de la noche. A la ingenua pregunta de para qué existe esa puerta, un taxista repone: “Para que católicos y protestantes no se maten. Se abre en el día para quienes trabajan al otro extremo de la ciudad”.

El taxista, uno de los que viven de ofrecer visitas turísticas por los murales en zonas de conflicto, no exagera. Los enfrentamientos de enero demostraron, según dijo a la agencia EFE el director de la policía de Belfast, Matt Baggott, que algunos miembros de la desaparecida Fuerza de Voluntarios de Ulster se han convertido en paramilitares protestantes.

Hoy es fácil rastrear las huellas de la guerra. En septiembre de 2012, una marcha de radicales protestantes desfiló por un barrio católico. El saldo fue de 60 policías heridos, dos de ellos graves y seis manifestantes detenidos.

La marcha reunió 200 personas y se realizó con motivo de los 100 años del Pacto de Ulster. Es una manifestación anual que comienza en Albertbrigde Road, la calle más antigua de Belfast y que, durante el festejo, estuvo adornada con pendones de una sonriente reina Isabel II. La marcha terminó un kilómetro adelante, a la entrada de Hollywood Road, justo frente a un negocio de fotografía donde cuelga una manta que dice: “El este de Belfast es territorio protestante”. Basta dar vuelta a la esquina para entrar a un lujoso barrio católico.

Y eso hacen algunos radicales en las marchas: desviarse hacia barrios enemigos. El ejemplo más reciente fue en los disturbios de septiembre, cuando un desfile protestante pactado para avanzar por la calle Donegall se desvió a la Iglesia de San Patricio. El resultado: tres noches de disturbios organizados por “radicales paramilitares que usaron bombas de gasolina”, publicó el Belfast Telegraph. La violencia terminó hasta que el primer ministro, Peter Robinson, se reunió con los líderes de los bandos católico y protestante. Milar Farr, dirigente de los independentistas, tuvo que ofrecer disculpas públicas a “los feligreses y sacerdotes que se sintieron ofendidos por la marcha”.

Pero el gobierno de Belfast no ceja en su intento por cicatrizar a la ciudad. Además de apostar a borrar murales bélicos y sustituirlos con figuras de George Best, este año invertirá 360 millones de libras en la rehabilitación del centro de la ciudad. Y ha organizado una campaña de promoción turística bajo el lema “Nuestro tiempo, nuestro lugar, Belfast 2012”.

Respecto a los murales, ha dado un viraje: ya no repinta encima de pinturas existentes, sino sobre muros vírgenes. Uno de ellos, en la orilla oriente del río Lagan, muestra el espíritu que intenta esparcir: son decenas de rostros de niños rodeados por la palabra “soñar”, escrita en varios idiomas. El empresario a cargo de la renovación del centro de la ciudad aludió a este mural al presentar el proyecto: “A eso aspira el Belfast de mañana: a soñar”. Trabaja en eso y en ser, como el apellido de su estrella futbolística George Best, mejor.

VERÓNICA DÍAZ RODRÍGUEZ