— LETICIA SÁNCHEZ MEDEL
14 de mayo de 2013 / 01:34 p.m.

La verdadera historia del desencuentro entre Diego Rivera y el magnate estadunidense John D. Rockefeller Jr, por la destrucción de la obra del artista mexicano en el máximo centro de negocios de Nueva York, es recuperada en El hombre en la encrucijada. El mural de Diego Rivera en el Rockefeller Center.

Con motivo de los 80 años de la creación de esa obra monumental, de la cual sólo quedan los bocetos de los murales resguardados en el Museo Anahuacalli, y recientemente restaurados con el apoyo de Bank of America Merrill Lynch, se editó este ejemplar bajo el sello de Trilce.

Ante los únicos testimonios que quedan de esa obra y que se muestran en una de las salas del museo que mandó construir Diego Rivera, se habló de la osadía que tuvo Rivera al pintar en el corazón del reino del capitalismo la figura de Vladimir Ilich Lenin, imagen emblemática del socialismo, en plena Guerra Fría.

Particularmente, la historiadora del arte, Susana Pliego dijo que en la idea original de esta obra, Rivera no contemplaba la imagen del líder soviético, es decir, que la composición final que pintó Rivera fue muy diferente a la que fue aprobada por la familia Rockefeller y sus arquitectos.

Pero Rivera afirmaba que Lenin siempre estuvo contemplado en la composición, pero esto no resulta totalmente cierto, ya que en los dibujos preparatorios que se conocen sólo aparece un líder obrero, pero sin ningún parecido con el dirigente soviético.

Para pintarlo, Rivera solicitó a sus ayudantes que consiguieran una fotografía de Lenin, la cual compraron en la calle 42, en Nueva York, pues la imagen tiene un sello con esos datos.

La especialista refiere en el libro: una nota periodística aparecida en 24 de abril de 1933 en el World Telegram señalaba ""Rivera pinta escenas de actividad comunista y John D. Rockefeller paga por ello"", provocó todo un escándalo.

Radicalismo de Rivera

La historia del arte, Susana Pliego sostuvo que hasta antes de la firma del contrato el 2 de noviembre de 1932, Rivera no había dado señales de ninguna provocación. "Las obras deberían estar pintadas sobre tela en gama de grises, negro y blanco"". El precio pactado fue de 21,500 dólares.

No obstante, se dio una primera batalla por el cambio de soporte, de óleo sobre tela a fresco, ya que para Rivera era la técnica adecuada para la intervención del edificio, para lo cual el artista le escribió a su mecenas Abby Aldrich Rockefeller, suplicándole pintar al fresco argumentando que ""la belleza arquitectónica del edificio será mil veces mejor; hermoso fresco, odiosa tela"".

La segunda batalla fue por el uso del color, ya que para el muralista era ""necesario para enfatizar este centro vital de edificio"".

Pliego afirmó que fue así como el radicalismo de Rivera fue creciendo. El retrato de Lenin fue un elemento más de la larga lista de provocaciones. Incluyó personas de raza negra y pintó de rojo brillante las banderas comunistas y la represión en Wall Street. Era prácticamente imposible que un fresco con estas características recibiera al señor Rockefeller para entrar a su oficina ubicada en el piso 56 del edificio.

La decisión fue contundente, Rockefeller mandó negociar a su hijo Nelson, que rebasaba los 20 años, con el artista mexicano de más de 40 años. Hubo encuentros de intercambio epistolar, sin que se llegara a un acuerdo. Como Rivera se negaba a borrar a Lenin, Rockefeller decidió dar por terminado el contrato, le pagó sus honorarios y optó por tapar el mural por una serie de bastidores de tela blanca.

Pero el 9 de febrero de 1934, personal armado con martillos y cinceles destruyó la obra mural, lo que polarizó el ambiente cultural internacional, pues ese acto fue visto como un terrible acto de censura.

En junio de ese mismo año Rivera consiguió firmar un contrato con el gobierno de México para pintar en los muros del Palacio de Bellas Artes una versión de su mural destruido en Nueva York.