24 de marzo de 2013 / 10:09 p.m.

México • El cardenal Norberto Rivera Carrera dedicó la homilía de Domingo de Ramos, como toda la Semana Santa, a celebrar La Pasión de Cristo, un mesiánico sufriendo, purificador, expiador y de liberación final.

La liturgia nos ha entregado el tesoro de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo a la cual todos nosotros somos invitados para alimentarnos y salvarnos.

Son muchos los detalles que el evangelista nos ha entregado, de lo que nuestro Señor sufrió en su carne. Detenernos en algunos de ellos nos puede ayudar a descubrir la generosidad de la entrega y el grande amor que envuelven: la corona de espinas que laceró su divina cabeza, la sangrienta flagelación que le dieron los soldados romanos, el cargar la cruz sobre sus hombros y las caídas en el empedrado de las calles, el arrancar su túnica de su cuerpo sangrante y la perforación de sus manos y pies para la crucifixión, la tremenda sed y la asfixia que produce el estar colgado del madero.

"Si los padecimientos físicos nos estremecen, sin duda alguna, sus sufrimientos espirituales nos conmueven más: la contemplación de los pecados del mundo que le hicieron sudar sangre al Cordero de Dios en el Monte de los Olivos, el dolor interno de sentirse acusado como blasfemo por el tribunal religioso de su pueblo siendo el Hijo amado del Padre, el ser despreciado como loco por Herodes siendo la sabiduría eterna de Dios, el abandono que siente por parte de su Padre hasta gritar desesperado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Y si es cierto, como lo es, lo que nos dice Pascal, que “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo”, porque sigue sufriendo en cada uno de sus miembros, que somos todos y cada uno de nosotros, ya que él, por la Encarnación, se unió a todo hombre, podemos contemplar la Pasión no sólo como algo que sucedió “en aquel tiempo”, sino como una realidad que podemos encontrar aquí y ahora.

También, ahora, muchos seres humanos sudan sangre en los más variados rincones del mundo, como Jesús en la noche del huerto de los Olivos. Muchos huérfanos, divorciados, exiliados, presos y enfermos, soportan en sus corazones la amargura de la soledad, como Cristo el abandono de sus discípulos.

Y muchos otros repiten en su historia personal los injustos juicios a Jesús, con falsas acusaciones y sentencias condenatorias no sólo de jueces sino de todos aquellos que forman opinión pública.

La crucifixión de innumerables cuerpos en los nuevos calvarios de la guerra o sobre cruces en forma de quirófanos o camas de hospital no está lejos de nosotros. El frío, la desnudez y la intemperie de los sin techo y sin ropa, es la versión actualizada de Jesús despojado de sus vestiduras o de Jesús que “"no tiene donde reclinar su cabeza, a no ser el leño de la cruz. El hambre de dos tercios de la humanidad sobre el mapamundi, es la réplica desgarradora de la queja de Cristo en su agonía: “"tengo sed"”.

Ante esta múltiple pasión, la que sucedió “"en aquel tiempo"” y la de ahora, viva y palpitante del Jesús que sigue sufriendo, felices los que se detienen ante el crucificado y logran descubrir el grande amor del que nos amó y se entregó por nosotros, felices los que no se satisfacen con un bonito sentimiento, sino que se esfuerzan por mitigar activamente las pasiones de los que sufren en formas muy diversas.

Dichosos los que saben derramar afectivamente sus lágrimas por la pasión de Cristo y se deciden no solamente a dar algo sino a darse a sí mismos para enjugar efectivamente el llanto de la humanidad. Si esto sucede, nuevamente escucharemos la voz del Salvador: “"lo que has hecho con cualquiera de ellos, conmigo lo hiciste"”.

El mismo San Lucas al final de su narración de la Pasión nos ha hecho notar que “"Los conocidos de Jesús se mantenían a distancia, lo mismo que las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, y permanecían mirando todo aquello"”.

Es necesaria la meditación y la contemplación de los acontecimientos para descubrir el sentido misterioso de lo que sucedió “"en aquel tiempo"” y también para descubrir el momento salvífico que Dios nos está regalando en nuestros días. “"La muchedumbre que había acudido a este espectáculo, mirando lo que ocurría, se volvió a su casa dándose golpes de pecho"”. María misma, nuestra Señora, nos enseña el camino, ya que ella misma “"guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón"”. Este es el espíritu de meditación y contemplación que necesitamos ante la proclamación de la Pasión y ante los nuevos crucificados de nuestro mundo.

BLANCA VALADEZ