11 de enero de 2013 / 03:59 a.m.

Ciudad de México • En las notas para su disco Let My Children Hear Music, Charles Mingus pedía que la sociedad liberara a los niños del ruido, así como que sus oídos tuvieran acceso a la buena música. “Cuando digo buena no quiero decir que la música de hoy sea mala porque es escandalosa —escribió—, sino que las estructuras no ponen atención a la historia de la música. Dejen que mis niños tengan música, que tengan música viva, no ruido”.

El pensamiento de Mingus viene a la mente al advertir el trabajo que el pedagogo Jordi Albert Gargallo desarrolla con niños como coordinador del Centro de Estudios de Jazz en la Universidad Veracruzana, como parte del Movimiento JazzUV. Originario de Valencia, dice en entrevista con MILENIO que cada vez hay menos público para la música con la mente abierta, y que “la mejor manera de abrir la mente es trabajar con niños. Pero no con los niños que son músicos, sino lo que no tocan. El propósito es dar atención a los niños desde los tres años, si se puede”.

El Taller de Jazz para Niños se celebra una vez a la semana durante tres horas, tiempo en el que, explica el pedagogo, “de forma obligatoria —con algunas excepciones— el niño debe venir acompañado por uno de sus padres, hermano o tío, pues se trata, también, de un proyecto de unidad familiar. La idea es que aprendan canciones, que canten, bailen, se diviertan y toquen instrumentos con el formato de jazz”, dice Gargallo en entrevista con MILENIO.

No se trata de crear una escuela de jazz especializada, porque eso no tendría sentido, advierte Gargallo, sino “que haya gente cuyas experiencias infantiles de diversión estén relacionados con la actividad cultural, con la música, en este caso a través del jazz. El proyecto inició en noviembre pasado durante el Festival JazzUV, y la experiencia ha sido muy buena”.

Niños y adolescentes cantaron en el festival dos canciones: “Blue Monk”, de Thelonious Monk, y “Bourbon Street”, un tema de jazz tradicional de Nueva Orleáns.

“Lo que hicimos fue, en el primer caso, ponerle una letra en español, escrita por una alumna que en ese momento no podía cantar y estaba baja de ánimo; se comunicaba por medio de mensajes en un cuaderno. Les dije a los niños: ‘Fuensanta tiene una libreta y un lápiz mágico que escribe solo, y en unos minutos nos va a escribir la letra’. Y Fuensanta, que tiene 12 años, escribió una letra muy bonita”.

Sin conocer la música, en poco tiempo los niños entonaron una letra que habla del gran pianista y compositor: “Thelonious Monk fue un gran señor,/ él sí que sabía tocar el blues./ Thelonious Monk un día despertó/ supo que lo había encontrado:/ un nuevo tema, ah, ese tema era Blue Monk/ ese tema era Blue Monk”. El canto fue acompañado por algunos niños de diversas edades que tocan instrumentos. “En una hora se aprendieron la armonía, la melodía y una letra de una canción —indica el maestro. Esto significa, potencialmente, que trabajando todas las semanas tres horas, en un año tendremos algo así como 60 canciones”.

El niño, que ahora tiene seis años, dentro de dos años sabrá 120 canciones, una cantidad que a veces ni los maestros se saben, indica Gargallo con una sonrisa: “Cuando era maestro de primaria, me decía: ‘Hay que dar las clases con mucha conciencia, porque no sabes si en tu clase está el futuro presidente. No sé si en mi clase de JazzUV Niños va a estar el futuro presidente municipal, gobernador del estado o hasta el futuro presidente del país’”.

Gargallo ve la trascendencia de programas de este tipo a futuro. Le gustaría que dentro de 20 años “siguiera habiendo música financiada, porque se considera un bien social o cultural. Eso puede dejar de pasar; el camino en el que vamos es un camino hacia la infravaloración de la actividad cultural. Eso es muy evidente”.

Actualmente el taller cuenta con 80 alumnos, la mayoría de entre seis y 10 años, aunque hay algunos de hasta 17 años, más alrededor de 80 familiares. “El curso será permanente todos los sábados, mientras nadie lo impida. Yo le veo futuro en la medida en que las personas, lo mismo los niños que sus padres, se han implicado. Hubo el caso de un padre que en la vida diaria no se implica en las actividades de su hijo y se puso a cantar con él. Eso significó para él la ruptura de unas barreras que su sociedad le había impuesto. No sé cuál es el potencial, puede que se incorporen más niños o que disminuya la cantidad, e incluso que solo vengan cinco, pero los atenderemos igualmente”.

La música como acto social

La música en general es intrínsecamente humana, es un acto social, asegura Jordi Albert Gargallo. “No hay música sin humano, y no hay humano sin música. La música reúne a los humanos en torno a una manifestación que, primero, fue espiritual, luego cultural y ahora es social. México todavía es de esos países donde se dan manifestaciones musicales que implican lo espiritual, lo cultural y lo social. Es algo que ocurre con el son jarocho, y en España sigue pasando con algunas músicas. La gente se sigue reuniendo con la música para compartir cultura, espíritu y establecer relaciones humanas”.

El jazz, en principio, tenía eso, agrega el docente, “pero voluntariamente lo pierde. Entonces hay que recuperar el espíritu inicial del jazz, que es el de una música espiritual que es la herramienta que tenemos a la mano en JazzUV para ofrecerla a los niños. Buscamos, poco a poco, un repertorio que también tome en cuenta lo local. Mi intención no es enseñarles únicamente ‘Blue Monk’ o temas de jazz siempre, sino incluir la música de Xalapa. Por eso quiero que se tomen en cuenta tres elementos: lo local, lo nacional y lo global”.

XAVIER QUIRARTE