7 de abril de 2013 / 12:16 a.m.

San Cristóbal de las Casas • Otro concierto está a punto de iniciar. La adrenalina le invade, como si pequeños hombrecitos subieran desde sus pies. Es un cosquilleo que llega hasta su cabeza y lo transforma. Se siente ligero, su mente es ligera, sus dedos son ligeros. Está listo.

Para Leonardo del Castillo este es un deporte extremo. Los nervios están, pero no entra en pánico pues se preparó para el momento. Su maestro Istvan Nadas le dijo alguna vez que el pánico es para aquellos que no se preparan, él lo está, le gusta su arte que ante un concierto lo está.

El piano es su juego favorito, desde pequeño en su casa la música es parte de la cotidianidad. Siendo el menor de siete hijos disfrutó de la libertad de buscar lo que él quería, pese a que su abuelo decía que de la música no se puede vivir e influenció a la mayoría de sus hermanos a estudiar medicina, él quiso ser pianista.

Miguel del Castillo, abuelo de Leonardo, era una joven promesa musical en los tiempos de Porfirio Díaz, con una beca para Europa, tenía la oportunidad de crecer, pero no, la vida no le permitió cumplir sus sueños y por ello no permitía que su descendencia se arriesgara en esa profesión.

A los ocho años, Leonardo supo que quería ser pianista. Sentarse delante de aquel instrumento y sentirse Mozart o Linz era algo que a él lo embrujaba. Para los nueve ya se encontró en su primer recital. Y desde entonces no ha parado.

Un músico es como un titiritero

Empieza la música. El público escucha con atención cada vez que los dedos besan las teclas, cada nota en preludio de la siguiente expresa un sentimiento. Los párpados de quien lo escucha se bajan dejando una visión más directa al pianista. La atención es para él.

Leonardo se siente como un titiritero en el teatro. Él tiene los hilos, es decir, los sentimientos de las personas, juega con ellos, como madre con su pequeño, los encamina por aquellas sensaciones que los autores de las obras expresaron en las notas.

Como interprete si desea lograr esto, debe saber todo sobre el autor. Y se vuelve un católico como Hydn, con amor cristiano cuenta las siete palabras de Jesucristo en el calvario. Qué importa que él no crea. Qué importa que para él la religión sea otro tipo de arte sin ser verdadera. Ahora mismo, él será el cristiano más devoto.

Y se siente ofendido por Napoleón Bonaparte por invadir Viena como Beethoven al romper la dedicatoria de su sinfonía “Eroica”. Pues el intérprete debe sentir, vivir, conocer, si desea ser un titiritero noble con los hilos de sus títeres, con los sentimientos de quien lo escucha.

Termina el concierto. Y recuerda aquel en Acapulco cuando un señor con rasgos indígenas y un acento que indicaba que el español no era su lengua materna, sólo le decía “gracias” y las lágrimas le mojaban los labios. Una palabra, muchas lágrimas. Un sentimiento, un mensaje transmitido.

Un maestro de música es responsable del triunfo o fracaso de su alumno

Leonardo del Castillo aprendió desde pequeño la importancia de sus maestros. A los 14 años ya participaba en la Orquesta Sinfónica del Instituto Politécnico Nacional. Gracias a sus maestros de infancia y a su dedicación logró esto.

En su juventud entró a la escuela de música de la Universidad Nacional Autónoma de México, pero en la huelga de 1999, a un año de acabar su licenciatura sus estudios se vieron truncados. Fue ahí donde se jugó el todo por el todo y emigró a Viena, Austria.

Lograrlo no fue sencillo. A pesar de que él define a un pianista como un artista polígamo, en cuanto al instrumento musical, desprenderse de su piano y venderlo fue una decisión tan difícil como vender a su perro, pero era por alcanzar su sueño.

Ahí conoció a Istvan Nadas, maestro que le permitió desarrollar su talento y aunque pasó algunas complicaciones económicas, fue esta experiencia lo que le permitió ser el artista que es ahora.

En la actualidad el originario del DF vive en Xalapa, da clases en la escuela de música de la Universidad Veracruzana y es ahora él quien siente la responsabilidad de esforzarse para lograr un resultado positivo en sus alumnos.

Al ser clases de dos o tres personas, la educación es más directa por lo que la responsabilidad lo es más. Si su alumno fracasa, él como maestro siente que lo hará también.

Leonardo se encuentra en un momento de consolidación. La música fluye por sus dedos y, con respeto, va interpretando cada uno de los grandes que lo han influenciado a lo largo de su vida, Mozart, Beethoven, Bach, Hydn… Un mensajero, un titiritero, un deportista extremo que en el piano encontró su juguete favorito.

JUAN DE DIOS GARCÍA DAVISH