6 de julio de 2013 / 12:12 a.m.

 Ciudad de México  • Por estas latitudes, el nombre de Juan de Palafox y Mendoza no resulta extraño. La ciudad de Puebla goza tanto de la imponente catedral cuya edificación, hecha en tiempo récord para la época, el arzobispo impulsó con vehemencia, como de los cinco mil ejemplares de la magnífica biblioteca legada por él para optimizar la formación seminarista de la diócesis. En los estudios coloniales se recuerda aún el cansino pleito fiscal que, desde su breve virreinato en 1642, sostuvo con la Compañía de Jesús a lo largo de once años. A pesar de estos referentes, su trabajo como poeta es poco conocido. Si bien, esta labor ocupa un solo tomo de los trece volúmenes de sus escritos, no desmerece ni en plástica ni en impacto con respecto a otras letras barrocas peninsulares y de la Nueva España.

Son las Poesías espirituales, en donde Palafox y Mendoza da rienda a una puntillosa compulsión por las postrimerías humanas y terrenales. Con diversas estrofas, el obispo asimila los modelos de construcción poética en boga y los vuelca, más que "a lo divino", hacia lo apocalíptico. Dos orillas guían este caudal lírico de escatología teológica: un visionario dar cuenta de la hecatombe y un énfasis sobre el tremor de la fe. Sin titubear, Palafox tira del hilo de las revelaciones. En versos como “La máquina del orbe se disuelve”, o su gemelo exhortativo “Que del mundo la máquina se rompa”, queda clara su singular ansia por engullir la mies de la herrumbre. Así, por ejemplo, cuando los elementos devastan, portan el sino del último juicio pues "el aire cuaja el polvo en remolinos", o se convoca a que “bramen las aguas al bramar los vientos”.

A veces, Palafox sigue de cerca la poesía de Lope ya sea en la gramática de ciertos sonetos o en ciertos juegos de opuestos. Otro tanto sucede con la obra de San Juan de la Cruz. No son gratuitos estos aparejamientos: además de los vínculos temáticos, la enumeración característica en uno y otro poeta sirve a Palafox para agolpar imágenes que saturen y se impongan al ánimo en la lectura. En esta escritura participan también temas como el flagelo y la purga del asceta. Desde una suavizada proposición como “el tormento y el quebranto/ son un laurel y amaranto/ para la fuente del justo”, hasta la explícita convicción de que el alma “con fuertes golpes a su carne azota/ y la sangre derrama,/ que vertida por Dios al cielo llama”, la puesta ante los ojos y el congestionamiento verbal se ufanan por enunciar una gracia lacerante.

A la par, Palafox insiste en un ejercicio inquieto de la creencia. Apura a “Temed el día riguroso e incierto”, en que se volverá “en fuego nuestra vana confianza”. La devoción despojada de sosiego, sentida por igual frente a la condena o la gloria, le hace rozar ligeramente la irracionalidad mística. De símbolos aparentemente sencillos como “Y yendo sin camino/ sin que haya entendimiento ni memoria”, puede inferirse una noción divina del deseo cuyo movimiento prescinde del tiempo. Ya sea por el cíngulo o por el arrebato, la poesía de Palafox y Mendoza empuja a la imaginación religiosa hacia escenarios perturbables donde las percepciones vibren por los espasmos de la epifanía o de las cenizas.

 — RODRIGO FLORES HERRASTI