24 de febrero de 2013 / 06:39 p.m.

Una de las socialités más importantes del mundo en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX fue mexicana. Su nombre: Gloria Rubio Alatorre, mejor conocida por su nombre de casada: Gloria Guinness. No se sabe a ciencia cierta si nació en Guadalajara o en el puerto de Veracruz, pues no se ha localizado documento que lo compruebe, solo se sabe que en agosto pasado habría cumplido 100 años de vida.

Gloria Guinness es más reconocida fuera de México por su vida social que aquí, donde sólo un puñado de personas han tratado de reconstruir sus pasos. Al decir del periodista de sociales Pedro Luis de Aguinaga, Gloria Guinness era tapatía, en cambio para el también periodista y tío de la actriz Ana de la Reguera, Mario de la Reguera, era jarocha.

Hija de un periodista pro maderista asesinado en la Revolución, cuando ella tenía cuatro años, y de una costurera veracruzana, Gloria nació el 27 agosto de 1912 y alguna vez declaró a la revistaHarper’s Bazaar (de la que fue editora entre 1963 y 1971) que de su madre había heredado el gusto por la moda y el porte. Al respecto, cuenta De la Reguera una anécdota que refuerza su teoría sobre sus orígenes jarochos “por la manera tan desenfadada como se comportaba”: un día, Loel Guinness le pidió que se apurara a vestir porque, de lo contrario, llegarían tarde a una cena que tenían, ella le contestó que no tenía qué ponerse, a lo que él le recriminó que tenía el clóset lleno de ropa. Al llegar a la casa de sus anfitriones y quitarse el abrigo de mink que la cubría, ¡oh sorpresa!, vio que estaba desnuda y, atónito, volvió a colocarle la prenda, no sin antes escuchar que le objetaba: “¡Te dije que no tenía qué ponerme!”.

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Alta, refinada y elegante, Gloria Guinness fue “la mexicana más extraordinaria que he conocido”, recuerda Elena Garro en su libro Memorias de España 1937 (Siglo XXI, 1992), y quien la conoció durante su exilio en París después de la polémica en que se vio envuelta Garro por el movimiento estudiantil del 68. Guinness se casó cuatro veces: su primer esposo, recuerda Garro, fue un alemán de apellido Scholtens residente en México de quien, agrega De la Reguera, a las primeras de cambio se divorció.

Contrajo segundas nupcias el cuatro de octubre de 1935, en Kensington, Londres, con el conde de Fürstenberg-Herdringen, que en el nombre llevaba los de sus antepasados: Franz-Egon Maria Meinhard Engelbert Pius Aloysius Kaspar Ferdinand Dietrich (1896-1975); con él tuvo dos hijos: Dolores Maria Agatha Wilhelmine Luise, quien nació un año después, y Franz-Egon Engelbert Raphael Christophorus Hubertus, nacido en 1939, quienes por su padre recibieron el título de barón y baronesa. Garro recuerda: “Cuando empezó el desastre germano (la Segunda Guerra Mundial) huyó a Portugal para salvar a sus hijos. Solo llevaba sus alhajas. De allí pasó a Madrid, en donde Fakrí, el primo hermano del rey Faruk e hijo del embajador de Egipto en Madrid, se enamoró de ella. Gloria se vino a París”.

Elena Garro recuerda que en su departamento de París “iban a visitarla las hermanas del rey Faruk: la princesa Faiza, esposa del sha de Persia, que estaba en París tramitando su divorcio, y la princesa Fawzia, casada con un diplomático egipcio, rubio y buena persona. Las dos eran bellísimas, de piel muy blanca, cabello negro y rostros perfectos. A principios de los años setenta, leí en los periódicos que a Fawzia la había matado su marido y luego él se había pegado un tiro en la cabeza. Vivían en Los Ángeles, acosados por la miseria. Ya estaban viejos y ambos trabajaban de sirvientes, a pesar de que Gloria Rubio, fiel a su amistad, les enviaba dinero.

“Las dos hermanas deseaban que Gloria se casara con su primo Fakrí. Era la mejor manera de solucionar su vida. Pero Gloria, que había guardado siempre su nacionalidad mexicana, estaba en un grave dilema: su pasaporte había caducado y el consulado se negaba a renovárselo. Eso significaba para ella la deportación a Alemania, en donde su marido estaba preso, y el abandono de sus niños que se hallaban en un colegio de Suiza. ‘Nuestra Gloria Nacional’, la llamaban en el consulado. Ella estaba aterrada, pero llegó Anselmo Mena, el encantador Anselmo, del grupo Contemporáneos, que era nuestro cónsul en Londres, le extendió su pasaporte mexicano”, rememora Garro en su libro. El nieto del rey Fuad I de Egipto y, por tanto, sobrino de la princesa Fawzia de Egipto (la primera esposa de Mohammed Reza Pahlavi, Sha de Irán) y el rey Faruk I de Egipto, el príncipe Ahmad Abu-El-Fotouh Fakhry Bey (1921-1998) fue su tercer esposo; con él se casó en 1942. “Gloria iba bien como princesa egipcia, pues sus rasgos sólo la hacían comparable a Nefertiti”, agrega Garro.

Para sus críticos Gloria Guinness era una descarada cazafortunas. Mientras estuvo casada con el príncipe Fakhry, fue amante del embajador del Reino Unido en Francia, Duff Cooper, por esa razón, dice Garro, “Lady Diana Cooper, la mujer más guapa de Inglaterra, detestaba a Gloria Rubio”.

Después de que Gloria Guinness huyó de Alemania al inicio de la Segunda Guerra, se instaló una breve temporada “en el Madrid neutral”, como ya lo ha mencionado Garro. Allí conoció a Aline Griffith,aristócrata española nacida en Estados Unidos que más tarde se convertiría en condesa de Romanones. Con el seudónimo de Butch, Griffith fue espía de la OSS, la agencia estadunidense antecedente de la CIA, y a partir de los años ochenta ha escrito algunos libros sobre sus misiones secretas: El espía viste de rojo (1987), El espía fue al baile (1991) y El espía viste de seda (1992). En ellos, Griffith ha revelado que cuando estaba adscrita en Madrid durante los últimos años de la guerra supo que “la glamorosa Condesa von Fürstenberg” también era espía pero de las fuerzas del Eje y que tenía una estrecha amistad con importantes nazis como Hermann Göering y el mismo Adolfo Hitler. La verdad es que Madrid no era del todo neutral, pues el general Franco era adepto a las ideas del Führer, y si el esposo de Gloria estaba encarcelado era por oponerse al Tercer Reich. Además, el historiador Rupert Allason ha acusado a la condesa Griffith de inflar las historias que cuenta en sus libros con tal de que éstos se vendan más. La CIA, por su parte, ha evitado desmentir o si quiera comentar algo sobre el caso de la condesa Griffith.

Por todo eso, los años de la guerra fueron difíciles para Gloria Guinness. En París, escribe Garro, Gloria “vivía en un palacio enorme, sin criados y sin dinero, vendiendo sus joyas poco a poco. Por las tardes iba a visitarla. Entraba al enorme vestíbulo de losetas de mármol blancas y negras cuya soledad y silencio me impresionaban. De pronto la voz de Gloria me llamaba: ‘Arriba, rubita’. En su lujosa habitación, tendida en la cama, me recibía. Gloria aparecía en las portadas de Vogue como la mujer más elegante del mundo. Manuel González y González, su protector y ministro plenipotenciario de México, se había ido de París y ella se encontraba desamparada. Yo me sentaba en una sillita baja, cerca de la ventana, y desde allí admiraba su belleza, fina e indescifrable como una estatuilla egipcia. Después, llegaba la embajada inglesa a rendirle tributo, con el embajador Duff Cooper a la cabeza. Yo escuchaba la conversación de Gloria en un inglés perfecto, a veces cambiaba al alemán y a veces al francés. No sólo era inteligente al hablar sino en sus movimientos y modales. Pero me sobrecogía su angustia, aunque ella no dijese nada, excepto cuando estábamos solas y entonces inventaba venganzas infantiles contra aquellos que le estaban haciendo daño: ‘¡Tú lo verás, rubita!... ¡Me compraré una casa preciosa, haré fiestas magníficas y no los invitaré nunca! ¡Nunca!’”.

Entonces volvió la bonanza. Su cuarto y último esposo fue Loel Guinness (1906-1988). Se casaron el siete de abril de 1951 en Antibes, cerca de Cannes, después que él enviudó de su segunda esposa. Era miembro del Parlamento inglés y pertenecía a una familia de nobles irlandeses en la que hubo políticos, ministros religiosos y banqueros, y aunque la rama de su familia era propietaria de la famosa cerveza que lleva su apellido, él se dedicaba a los bienes raíces. Muy seguramente por esa razón, los Guinness tenían seis casas en diferentes países. Según enumera De la Reguera, las casas eran: un departamento en las Torres Waldorf, entonces las más caras de Manhattan; una casa de campo del siglo XVIII llamada Villa Zanroc en Epalinges cerca de Lausanne (con una bolera en el sótano); un yate de 350 toneladas con el que surcaban el Mediterráneo en el verano; una casa de siete pisos en la Avenida Matignon, en París, decorada por Georges Geffroy; un criadero de caballos en Normandía: Haras de Piencourt, cercano al que tenía el barón Guy de Rothschild; una mansión de Palm Beach, en Lake Worth, Florida, con el lago a un lado y la playa del otro. También tenían casa en Acapulco, cuando el puerto era la meca del jet-set internacional. Gloria misma había decorado esa casa, incluso algunos de los muebles los diseñó y se enorgullecía de que todo fuera mexicano “excepto mi esposo, que es inglés”, decía con peculiar sentido del humor.

Uno de los habituales en la casa de Palm Beach era el célebre escritor Truman Capote, quien con su característica lengua viperina recuerda: “Lo que no entiendo es por qué todo el mundo decía que los Kennedy eran tan sexys. Sé mucho de pitos (he visto un montón) y si hubiesen empalmado todos los de los Kennedy habría salido una buena. Solía ver a John cuando estaba con Loel y Gloria Guinness en Palm Beach. Yo ocupaba una pequeña casita para invitados con su playa particular, y a veces él venía para poder nadar desnudo. ¡No tenía nada de nada! Y Bobby lo mismo; no sé cómo tuvo todos esos hijos. En cuanto a Teddy..., olvidémoslo” (citado en Capote, de Gerard Clarke. Ediciones B, 2006).

Capote consideraba a Guinness una de sus cisnes, por su cabello negro como la seda, sus cejas bien dibujadas y su largo y esbelto cuello que, como bien lo dijo Garro, esos rasgos solo la hacían comparable con la reina Nefertiti. Capote y Guinnes eran tan amigos que fue una de las invitadas a la exclusiva fiesta “Black and White” que él organizó el 28 de noviembre de 1966 en el hotel Plaza de la Quinta Avenida, frente a Central Park, en Manhattan.

Gloria Guinnes fue vestida por los diseñadores más importantes: Dior, Chanel, Saint-Laurent, Valentino y Givenchy, pero sus predilectos siempre fueron los españoles Antonio del Castillo y Cristóbal Balenciaga, que combinaba con exclusivas joyas de Cartier. Con un vestido de Balenciaga apareció en el número de diciembre de 1945 de Vogue, retratada por el famoso fotógrafo Cecil Beaton. Algunos de esos vestidos los donó después al Costume Institute del Museo Metro politano de Nueva York.

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Gloria Guinness tenía terror a subir de peso, así que sus últimos años prácticamente no comía. Murió de inanición en su casa de Suiza a los 68 años, el nueve de noviembre de 1980. “Antes de que Gloria se convirtiera en Lady Guinness, la gente más importante de la época le rendía amistad, como por ejemplo Winston Churchill. (Octavio) Paz, como buen poeta, estaba deslumbrado con ella y fueron grandes amigos durante muchos años”, apunta Elena Garro.

Eleanor Lambert, árbitro de la moda y creadora de la lista de las mejor vestidas, la incluyó en su famosa lista varias veces entre 1959 y 1963 y la calificó como “la mujer más elegante del mundo”. En 1964, junto con la duquesa de Windsor y Jacqueline Kennedy Onassis, señala De la Reguera, Gloria Guinness fue de las tres primeras figuras sociales en ingresar al Hall de la Fama, por ser consideradas las mujeres más elegantes de todos los tiempos.

SERGIO TÉLLEZ-PON