23 de febrero de 2013 / 04:47 p.m.

Monterrey • No sólo es el sueño de todo coleccionista de películas de horror, o de los amantes del cine de vampiros, sino también de algún novelista, como Augusto Cruz García-Mora, ir tras el Santo Grial de la cinematografía muda norteamericana.

Con tal premisa, Londres después de medianoche (La Puerta Negra, Océano, 2012) es un homenaje directo a esta película perdida, misma que fue hecha por la MGM en 1927 y dirigida por Tod Browning, y que maneja detrás una leyenda tan oscura como la misma cinta.

Así se establece García-Mora en una novela entretenida que busca despertar en el lector la pasión por el cine de horror y la aventura.

“La pasión por la aventura es sin duda una parte fundamental de la novela, pues la búsqueda de un tesoro, un objeto perdido o una persona conlleva un viaje hacia situaciones y lugares desconocidos”.

Con el título de la célebre película protagonizada por Lon Chaney, considerado el amo del maquillaje del cine mudo, el autor no encontró otro que se acomodara a su percepción y las intenciones de la trama.

“No encontré ninguno que fuera tan directo, tan enigmático y que tuviera diferentes niveles de interpretación, desde el que conoce la película, hasta el que evoca la ciudad de Londres, así como quien se siente intrigado sobre el mismo título.

“Las cosas más interesantes algunas veces ocurren después de la medianoche, cuando la mayoría duerme, y nuestros sentidos y percepciones cambian al caer la oscuridad”, comenta el escritor nacido en Tampico y cuya obra está en proceso de traducción al francés, alemán, holandés y también será publicada en España.

Para García-Mora, esta obra nació de dos pasiones que existen en su vida: la novela policiaca y el cine: “Desde joven, en la medida de lo posible, leía la novela, leía varias versiones del guión y después veía la película. Esto si bien tenía la desventaja de que perdía la sorpresa que da una película, me permitió explorar y entender los diferentes lenguajes, el narrativo, el de cómo escribir un guión, y el lenguaje visual de cómo todo esto se plasma en la pantalla”.

Universo mágico

García-Mora encontró durante sus investigaciones la historia de Londres después de medianochey le fascinó no sólo por ser la primera película norteamericana de vampiros, sino por la serie de mitos que se crearon a su alrededor, como que en ella actuaron vampiros reales, que algunos cines que le exhibieron se incendiaron, y el destino trágico de algunos de sus actores, así como la acusación que pesaba sobre la cinta, de haber incitado a un crimen en 1928, en la propia ciudad de Londres.

“Tuve la fortuna de poder contar este universo mágico que fueron los inicios del cine y de poder plasmar cómo un objeto, en este caso la película, que fue tan importante para todos, se perdió para siempre. Era muy importante que gran parte de la información fílmica que se da en la novela, formara parte de la historia de manera natural, y que acompañara a los personajes sin llamar la atención ni distraer al lector”.

Archivos perdidos

La historia parte de un personaje “maravilloso”: Forrest Ackerman, “quien fue la persona que acuñó el término sci-fi para referirse a la ciencia ficción, y quien promovía a ese género desde los años veinte. Un gran coleccionista que rescató del olvido y la destrucción a objetos míticos del cine: como el robot de Metrópolis, la capa que usó Bela Lugosi en Drácula, o el anillo de Boris Karloff de La Momia, o escenografías y naves de grandes películas de ciencia ficción. Ackerman, a quien tuve oportunidad de conocer y de visitar su casa, la última famosa Ackermansión, vio Londres después de medianoche cuando tenía 11 años, por lo que estos elementos me permitieron unirlos para crear una trama policiaca”.

Así aparece un ex agente del FBI (famoso por nunca haber fallado en ningún caso, y por ser el último secretario privado de Edgar Hoover, director del FBI, y de quien se cree sabe el destino del archivo privado), que es contratado por Ackerman para que encuentre esta famosa película perdida y que es el detonante de la trama.

Y si después de leer esta novela algún joven revisara el ático o el baúl del abuelo en busca de esta u otra famosa cinta perdida, sería algo casi imposible, pues desafortunadamente, comenta el autor, del periodo del cine mudo (1897-1927), se perdió aproximadamente el 70 u 80% de todas las cintas filmadas, algunas veces por descuido, por negligencia, o sólo porque para ellos el cine no era un arte, sino sólo un trabajo como cualquier otro. “Esta pérdida puede considerarse tan importante como perder una gran pintura, un grabado, o una escultura antigua. De ahí el interés por tocar ese tema”.

ISRAEL MORALES