AP
21 de junio de 2014 / 02:09 a.m.

En el interior del Teatro Amazonas, los acordes de la ópera "Carmen" de Bizet resuenan entre los ornamentos de madera labrada y los candelabros de cristal de Murano. En el exterior, a menos de medio kilómetro, las oscuras aguas del Río Negro fluyen hacia el Amazonas, y bandadas de ruidosos loros se posan en las copas de los árboles por la noche.

El Teatro Amazonas es el símbolo de Manaos, una ciudad enclavada en la selva, tan remota que sólo se puede llegar a ella por avión o barco a pesar de que ha crecido hasta albergar más de dos millones de habitantes.

Manaos es sede de cuatro partidos de la Copa del Mundo, entre ellos el duelo del domingo entre Estados Unidos y Portugal. La joya de estilo Belle Époque es una visita obligada para los 52.000 extranjeros que visitan la ciudad por el torneo.

El teatro fue un vanidoso proyecto de los magnates del caucho, cuyas plantaciones brevemente catapultaron a Manaos como una de las urbes más ricas del mundo en el siglo XIX y cuya historia de opulencia y abandono reflejan el auge y la quiebra de la metrópolis.

"Vine aquí por primera vez en 2009", dijo Cristina Gallardo-Domas, la soprano de origen chileno que recientemente interpretó el papel protagónico en "Carmen" en el atestado teatro de 689 asientos. "Fue como descubrir un diamante en la selva tropical del Amazonas".

Un legislador propuso inicialmente el teatro en 1881, en los inicios del auge del caucho. El proyecto ya se había echado andar en 1884, pero la construcción se prolongó durante 12 años a causa de disputas con los contratistas.

Sólo se utilizaron los mejores materiales: mármol y cristal de Murano transportados por mar desde Italia, acero de Gran Bretaña y bronce de Bélgica. Los azulejos verdes, amarillos y azules en la cúpula, los colores de la bandera brasileña, salieron de la región francesa de Alsacia. Las aceras de mosaicos que rodean el edificio — el mismo patrón de ondulaciones negras y blancas famoso en la playa de Copacabana en Río de Janeiro — fueron hechas con piedras traídas de Portugal (Una gruesa capa de caucho local cubrió la calzada adornada con mosaicos para amortiguar el ruido metálico del paso de los carruajes). Incluso la madera de árboles amazónicos fue enviada de ida y vuelta a Europa para procesarla.

Cuenta la leyenda que durante su apogeo, el teatro era menospreciado en algunos círculos debido a la frecuencia con la que las intérpretes principales de compañías europeas que estaban de gira se fugaban con caucheros locales.

El período de gloria fue breve. El teatro fue en gran medida abandonado después de que el auge de las plantaciones de caucho en Asia reventó la burbuja del producto brasileño en 1912. Las producciones europeas dejaron de venir, al igual que el público, en particular después de la llegada de la radio a la ciudad amazónica en la década de 1930.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el teatro se transformó en un almacén para envíos de caucho y petróleo con destino a las tropas aliadas en Europa.

Otro tramo difícil para el teatro se produjo durante la dictadura militar brasileña, entre 1964 y 1985, cuando estuvo pintado de un gris opaco y se mantenía la mayor parte del tiempo cerrado.

Pero el gobierno del estado puso en marcha una iniciativa en 1997 para dar nueva vida al teatro con la fundación de la Orquesta Filarmónica de Amazonas y un festival de ópera que atrae a las mejores producciones internacionales. También removieron las capas de pintura para revelar la tonalidad salmón, el color original del edificio.

La 17ma edición del festival de ópera concluyó dos semanas antes del inicio de la Copa del Mundo, pero el Festival de Jazz de Amazonas cambió de fechas este año para coincidir con el torneo. Diez conciertos tendrán lugar en el teatro como parte del festival que se celebra del 26 al 30 de junio.

El lugar también está abierto para visitas guiadas. Los paseos de 20 minutos, de lunes a sábados de nueve de la mañana a cinco de la tarde, cuestan unos 4,50 dólares por persona.

"Hay tanta historia en estas paredes", se maravilló Marta Cabrejos, un profesor de arte jubilado de 80 años de edad. "Nunca me pierdo una presentación".