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6 de junio de 2015 / 11:41 a.m.

La estadounidense Serena Williams se sobrepuso a una gripe para lograr su tercer triunfo en Roland Garros, tras derrotar en la final a la checa Lucie Safarova, 6-3, 6-7(2) y 6-2, en el quinto partido que disputó a tres sets en el torneo.

La californiana recibió de manos de su compatriota Martina Navratilova la copa Suzanne Lenglen, el vigésimo Grand Slam de esta tenista de 33 años, que se queda a dos del récord que pose la alemana Steffi Graf.

Serena encadenó así su tercer grande consecutivo, y en Wimbledon tendrá la oportunidad de sumar los cuatro grandes en dos años diferentes.

"No me puedo creer que haya ganado veinte grandes, pero les digo que no quiero que esto acabe todavía", dijo en un precario francés al público que abarrotó la Philippe Chatrier.

A sus seis Abiertos de Estados Unidos, sus cinco Wimbledon y otros cinco Abiertos de Australia, la menor de las Williams suma ahora tres Roland Garros, un grande para el que parece estar menos dotada.

Serena sucede en el palmarés a la rusa Maria Sharapova, eliminada en octavos por la propia Safarova.

"Sin mi familia y mi equipo esto no sería posible. Es un sueño para mi ganar este tercer Roland Garros", dijo la estadounidense, que alabó "el juego y la agresividad" de Safarova, quien al borde de las lágrimas recogió el premio de subcampeona, feliz por la mejor actuación de su carrera en un grande, y orgullosa de haber retado a la número uno del mundo.

Fue quizá la quincena más trabajada de Williams, lastrada oficialmente por una gripe de la que, en la final, apenas quedaron secuelas, lo que dio pábulo a quienes sostienen que la estadounidense venía fingiendo unos problemas irreales.

Lo cierto es que Serena llegó a la final tras remontar un set en contra en segunda ronda, en tercera, en cuartos de final y en semifinales contra la suiza Timea Bacsinszky, cuando más mostró sufrimiento. Solo ganó dos partidos en dos sets.

Al término de ese duelo no compareció ante la prensa, ni entrenó al día siguiente, en vísperas de la final. Una receta que dio resultados, porque Williams se presentó en la central de París en perfecto estado para disputar su tercera final en Roland Garros, donde no ha perdido ninguna.

Ante la zurda Safarova, que compareció sin haber cedido un set, la estadounidense salió como un huracán, y en poco más de media hora ya se había adjudicado la primera manga y comenzaba la segunda arrebatando el servicio de su rival.

En el sexto juego, cuando con su servicio tenía 40-15 y dos bolas para ponerse 5-1, el partido cambió de sentido. Safarova se liberó, comenzó a plantar cara a la estadounidense y dispuso de su primera bola de rotura.

A partir de ahí, se apuntó cuatro juegos consecutivos, dos de ellos con el servicio de su rival, para empatar y dominar luego 5-4.

Aunque Williams rompió en el undécimo y en el siguiente sirvió para ganar el partido, no pasó del 30-15. Safarova le arrebató el saque y forzó un juego de desempate en el que fue muy superior para igualar el duelo.

La cosa pintaba mal para la número uno del mundo, contra las cuerdas frente al juego imaginativo de la zurda, que rompió en el primer juego de la manga definitiva para colocarse luego adelante 2-0.

Pero Williams mantuvo la calma y recuperó la ventaja en el cuarto con una doble falta de la checa, una demostración de que Safarova no lo iba a tener fácil.

La checa de 28 años, que nunca antes había disputado la final de un grande, demostró a esas alturas menos experiencia. Dejó escapar su servicio en el sexto y a partir de ahí, estuvo a merced de la estadounidense, que se lanzó en busca de su vigésimo grande.