3 de julio de 2013 / 04:13 p.m.

Monterrey • Con pocos minutos en el pueblo, las campanas empiezan a replicar. Decenas de personas acuden al atrio de la iglesia erigida en honor al Sagrado Corazón para explicar su abandono.

Son las 42 familias que aún viven en Salaverna, un pueblito situado a siete kilómetros de Mazapil, al norte de Zacatecas.

Su desgracia ha sido el oro. Históricamente Salaverna –que significa “Sala del Averno”- ha sido un pueblo minero pues está asentado sobre ricos yacimientos de oro, plata, zinc, cobre y plomo.

Pero esa es su desgracia. Desde hace tres años la Minera Frisco-Tayahua ha ido haciendo detonaciones en el subsuelo del pueblo, aún y con los pobladores viviendo en él.

Contrario a lo que sucede en San Luis Potosí o en otros municipios de Zacatecas, la compañía minera es nacional pues se trata de una filial de Grupo Carso, de Carlos Slim.

“Sabemos que pertenece al hombre más rico del planeta, un árabe que vive en México”, menciona don Roberto, uno de los pobladores que se resiste a salir del pueblo.

Migración minera

Nadie sabe precisar con exactitud la edad de Salaverna. Pedro Ascacio Ortiz, cronista de Mazapil, señala que la fundación del pueblo fue después del asentamiento de Mazapil, allá por 1562.

Desde entonces la tradición del pueblo ha sido la minería así como al poblado cercano de Aránzazu, hoy abandonado a causa de la minería moderna.

Don Miguel Huerta se acerca con un libro en mano. Se trata de "Minería y sociedad en el México Colonial. Zacatecas (1546-1700)", escrito por P.J. Bakewell y editado por el Fondo de Cultura Económica.

“Ahí dice que desde los españoles han esclavizado a la gente de aquí para sacar el mineral... y seguimos igual”, critica.

En el 2011 empezó la migración de Salaverna. El gobierno municipal, junto a la Minera Frisco-Tayahua, construyeron un fraccionamiento privado a las afueras de la cabecera de Mazapil.

Se trata de una variante de las minicasitas, iguales a las que hay en García, Zuazua o Juárez, en Nuevo León. De contar con amplios terrenos para la siembra ahora vivirán confinados.

A las primeras familias que aceptaron les llegó a tocar una indemnización de hasta 300 mil pesos, pero la situación no fue pareja.

“Lo mío es una injusticia, porque tenía tres propiedades que ya me tumbaron. Allá me quieren llevar a una casita pero aquí yo tenía un huerto muy grande, con unos 100 árboles –con duraznos, magueyes, nopaleras- y todo lo tumbaron”, expresó Juan Hernández Guillén, cuyo brazalete y medalla en oro lo hacen resaltar ante todos los habitantes.

La vida de minero

Un grupo de hombres sube por una de las calles empedradas de Salaverna. Son jóvenes, algunos de Hidalgo, otros de Los Mochis y, por ahora, nadie de Zacatecas.

Altos y bien parecidos no pasan desapercibidos. Son las 17:30 y van terminando su jornada laboral en la Minera Frisco-Tayahua.

-¿A qué hora entraron?-Pues desde las seis de la mañana.-¿Todo el día allá abajo?-Pues sí, pero vale la pena.

En las mineras cercanas un trabajador con educación puede obtener un sueldo mensual de hasta 30 mil pesos. El aguinaldo y las prestaciones son una fantasía en Concepción del Oro, donde se habla de cantidades que sobrepasan los 200 mil pesos.

Don Boni, propietario del bar “El Campecino” (sic), desciende de familia minera. A sus 80 años parece que tiene 60. Indica que cuando son las fechas de los ‘bonos’ o del ‘aguinaldo’, el pueblo cambia.

“Como son jóvenes de fuera, de Los Mochis o de Pachuca, pues vienen solos y con dinero pues hacen de todo. Son buenos, no se meten en problemas pero traen muchos billetes”.

El tráfico que se genera en Concepción del Oro es debido a las camionetas y camiones que llegan a dejar a los mineros de la zona al caer la noche.

Cambio de panorama

Al subir por la carretera es posible apreciar las casas que han sido demolidas a causa de la minera. A unos 500 metros de la iglesia es posible advertir el inclinamiento de las casas.

“Hace un mes detonó tan fuerte la minera, que se abrió un hueco y todo se empezó a hundir ahí de ese lado”, detalla Guillén.

Casas, escuelas, comercios, todo ha sido demolidos. Sólo quedan algunas propiedades, así como la escuela más antigua y su templo centenario.

“El otro día vinieron a derrumbar la iglesia pero no los dejamos. Ahora dicen que estamos demandados en la PGR por alborotar al pueblo”, indica don Roberto.

El pueblo vivía de la minería hasta la década de los 60´s del siglo pasado, cuando las cosas empezaron a cambiar. Con la nueva minera, el futuro del pueblo está condenado.

“Nos desbarataron nuestro campo de beisbol, inclusive aquí salió Antonio Briones, que jugó con Sultanes de Monterrey y el Unión Laguna”, expresa Miguel, el del libro.

Al estar sobre un gran yacimiento de oro y plata, el lujo ni la modernidad se ven en Salaverna ni en Mazapil. Las calles son polvosas y sus casas sólo necesitan de un estallido minero para agrietarse.

Son 42 las familias que no se quieren ir de Salaverna, aunque saben que en la “sala del averno” no hay futuro. Un grupo de historiadores de Nuevo León, de la asociación Academia de la Lengua Viperina, han llegado al pueblo para apoyar moralmente a los pobladores y para “levantar la crónica”.

“Aquí tengo a mis muertos, aquí hice a mis huercos, aquí está nuestra cultura, no nos podemos ir así nomás”, expresa don Roberto parado en las grietas que ya luce el atrio de la iglesia.

GUSTAVO MENDOZA LEMUS