7 de abril de 2013 / 02:34 p.m.

Monterrey • Quizás el horrendo crimen de Florinda Montemayor Lozano, de 21 años, y de Antonia Lozano de Montemayor, con 54, hoy no sea recordado pero sentimientos como la incertidumbre, la discriminación y el miedo siguen presentes en el colectivo de los regiomontanos.

Hace 80 años las dos mujeres fueron las protagonistas de un terrible acto, que con los años fue identificado como “el crimen de la casa de Aramberri”.

El 5 de abril de 1933 la tranquilidad del centro de Monterrey se vio afectada, cuando Delfino Montemayor encontró en su domicilio –marcado con el 1026 de Aramberri– a su esposa e hija muertas.

“Se supone que este acontecimiento cimbró a la sociedad regiomontana de 1933, que no estaba acostumbrada todavía a saber o ver este tipo problemas relacionadas con la violencia, que ya existían pero no estaban tan difundidas”, refiere el historiador Antonio Guerrero Aguilar.

El primero que abordó de manera literaria el caso fue Eusebio de la Cueva (Cerralvo, 1893 – Monterrey, 1943), incluyendo relatos de la época. Después llegaría El Crimen de la casa de Aramberri, de Hugo Valdés Manríquez, convirtiéndose en una de las novelas más vendidas en Nuevo León.

Actualmente Rodrigo Guajardo Hernández realiza una adaptación al cine de la novela de Valdés (que será reeditada por el Fondo Editorial de NL), asociado con la productora Lourdes López Castro.

EL DESPERTAR DE LA CIUDAD

Para 1933, Monterrey iniciaba la recuperación de ciertos hechos tristes. Años antes, cinco mil personas habían muerto tras una inundación; el paso de la Revolución Mexicana dejó muerte y desolación en la ciudad, y la depresión económica de 1929 provocó la migración de las rancherías y ejidos a la ciudad.

Para la década de los años 30 se vivía un auge en la economía, con nuevas empresas que se dedicarían al giro de productos químicos y que requerirían de mano de obra.

Las calles cercanas a Aramberri prosperaban como una zona de clase media, así lo demostraba la casa de los Montemayor Lozano con amplias paredes levantadas con sillar, un material caro de la época.

“El Monterrey de 120 mil habitantes era muy cerrada y muy conservadora; la ley fuga que se les aplicó a los asesinos fue una respuesta de la propia sociedad”, comenta Guerrero Aguilar.

UN ROSTRO OSCURO

Antes de conocer la identidad de los asesinos, la sociedad dirigió el dedo acusatorio hacia todos aquellos que no eran de Monterrey.

Por aquellos años se registró una fuerte migración de los municipios rurales de la ciudad, así de personas de San Luis Potosí y Tamaulipas.

Después se supo que de los verdugos dos eran familiares de las víctimas: Heliodoro y Fernando Montemayor. Si embargo los migrantes quedaron estigmatizados.

“Todos estos miedos, paranoias volvieron y prosperaron. Ahora siguen los mismos prejuicios, se sigue culpando al otro de todos los males. Vaya todo eso que empezaba –con el crimen- ahora se desenvolvió y constituyó lo peor de lo que somos”, expone Guajardo, segundo lugar del V Concurso de Guiones de Largometraje de Conarte.

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A la pantalla grande

-Al escribir un guión sobre el crimen se añade un capítulo más sobre la interpretación del hecho desde el lenguaje del arte.

A decir de Rodrigo Guajardo, el proyecto busca sumar una versión al hecho y –porque no- poder ver el Crimen de la casa de Aramberri en la pantalla grande. Sin embargo, el proyecto es ambicioso por tratarse de una película de corte histórico.

“Lourdes López, desde la producción es la que está empezando a levantar el proyecto. Como película es un proyecto difícil pues hablamos de una cinta de época, de costos grandes. Si llega a la pantalla, esperemos que sea de la mejor manera”, opinó.

GUSTAVO MENDOZA LEMUS